¿TIENEN LOS PRODUCTOS IDEOLOGÍA?
Las ideas no forman parte de los objetos, pero sí de quienes los producen y usan. Desde ese punto de vista podemos atribuir a los productos y, mejor aún, a las marcas una cierta forma de pensar.
Resulta casi cómico hacerse preguntas como ¿cuál será la ideología de la
Coca-Cola o de Samsung? ¿Tiene Bic unas creencias determinadas? ¿Y qué opinan
Nestlé, Facebook, Disney o Viagra al respecto?
La perspectiva es similar a lo que ocurre, por ejemplo, con las banderas. Un trozo de tela, con combinaciones más o menos afortunadas de color y dibujos y a los que en origen se otorgó significados precisos, es un objeto cargado de simbolismo que identifica un colectivo unido por la historia, el territorio y cierta actitud común ante la vida. La bandera pues, sí podemos afirmar que contiene una idea inequívoca y particular del origen y destino de una sociedad.
Nuestro mundo se mueve a partir de esos símbolos. La religión, la política, incluso la economía, como muy bien explica Yuval Harari y antes que él hizo mi paisano José Antonio Jáuregui, no son sino construcciones mentales alrededor de ideas determinadas, con sus tótems y sus convenciones compartidas por unos u otros colectivos.
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Quizá por eso podemos también asumir que las marcas contienen una ideología, a veces derivada de su procedencia y otras definida por sus usuarios. Ford es USA, como Toyota es Japón o Chanel es Francia. Pero también McDonald’s es clase media mientras Rolex es élite económica.
Hay en las marcas un reflejo de formas
de vida y en éstas una traducción de maneras de pensar, de ideología, por
tanto.
Los humanos dotamos de valor a aquello que poseemos. Las cosas, con las denominaciones comerciales por las que las conocemos, valen para nosotros lo que libremente decidimos, o, al menos, eso es lo que creemos. En realidad, nuestra percepción de valor está llena de sesgos. Por ejemplo, hablando de la recompensa o satisfacción que nos proporciona un producto o marca, tendemos a preferir si es inmediata a si se hace esperar. Nos atrae, por su parte, más lo nuevo que lo tradicional; y confiamos en lo recomendado más que en lo desconocido…. Sesgos de nuestra percepción de valor todos ellos que dan pie a distintas estrategias de marketing por parte de las marcas.
Cuando hablamos de ideología relacionamos ésta, sobre todo, con la política,
los partidos y el ejercicio de la democracia. En tal escenario es donde también
puede comprobarse cómo las marcas si tienen visos ideológicos. Podemos hacer la
prueba analizando cualquiera de los resultados electorales, sea en un ámbito
nacional o más restringido. Las mayorías ideológicas que muestran los votos por
zonas, regiones o barrios, corresponden a sectores sociodemográficos de población
bastante precisos…, de igual forma que el consumo de muchas marcas se agrupa
alrededor de los mismos colectivos. De hecho, una forma efectiva de hacer
estudios mercado sobre productos envasados de alimentación es analizando los
contenedores de basura próximos a las viviendas donde dichos envases se
depositan. Por tanto, las tendencias ideológicas se corresponden con ciertos hábitos
de consumo y, en este sentido, cabría afirmar que la tesis que atribuye a las
marcas “convicciones ideológicas” no es descabellada.
Recordemos, para ilustrar lo anterior, que el mismo ejercicio democrático
de libertad de elección que practicamos cada cierto número de años para decidir
nuestros representantes políticos lo ejercitamos de forma intensa cada vez que
a lo largo de la semana visitamos un supermercado y llenamos nuestro carro de
la compra con unas marcas y no otras. Desde los lineales, las marcas hacen, a
su manera, “política” mostrando sus eslóganes y transmitiendo promesas, como
luego imitan los candidatos en sus mítines y campañas.
Visto así no es una locura concluir que un sencillo dentífrico, desde su
estantería, puede resultar mucho más convincente que el programa de un Partido
político en boca de un aspirante a senador. Pero ésa es otra historia…
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