EL MERCADO Y SU FRONTERA ÉTICA
Michael Sandel es un filósofo norteamericano de
origen judío, reconocido por sus aportaciones morales al mundo de la política y
la economía, pero muy popular también por el éxito de las clases que imparte en
la Universidad de Harvard, en su cátedra “Justicia”. Por ella han pasado ya más
de 14.000 alumnos y en concreto en el año 2007 ostentó el récord de matrículas
en dicha Universidad con un total de 1.115 alumnos. La autoridad intelectual y
académica del profesor Sandel está, pues, fuera de toda duda.
Lo traigo a estas líneas destinadas a los interesados por la
empresa y sobre todo a quienes están pensando en crearla porque algunos de los
conceptos que Michael Sandel maneja parecen estar especialmente destinados a
ellos.
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No se trata de estrategias, ni de planes de negocio, ni de
fórmulas para obtener el mayor ROI. No son conocimientos ni habilidades para
emprender y obtener el éxito. Son fundamentos teóricos, casi filosóficos, que
trascienden el día a día de una organización para situarse en sus mismos
cimientos, en su cultura empresarial.
El punto de partida es asumir que hemos pasado de una economía de mercado a una sociedad de mercado.
Lo que era una práctica de libre intercambio comercial, acotada a un territorio
de producción y consumo y sujeta al funcionamiento de dos piezas básicas como
son capital y trabajo, ha trascendido hasta impregnar al mismo sistema que, en
forma de sociedad, los seres humanos hemos adoptado para organizarnos. La causa
y a la vez consecuencia de ello es el hecho de que hoy prácticamente todo está
hoy en venta.
La afirmación parece algo excesiva, pero no lo es. Pensemos por un
momento que, por ejemplo, la salud en muchas ocasiones debemos “comprarla”, la
educación hay que pagarla, la atención y el afecto de los demás nos exige, de
vez en cuando, un desembolso en forma de regalo o invitación…; incluso los
favores divinos parecen más asegurados cuando dejamos una limosna a la puerta
de la Iglesia.
El dinero ya no es sólo un elemento del trueque entre nuestros deseos o necesidades y un objeto tangible sino también la vía de acceso a intangibles que forman parte de las emociones, los valores, el crecimiento personal, etc.
Casi todo, en efecto, tiene ya un precio, porque casi todo está
en venta.
Esto supone tener que enfrentarnos a dos problemas.
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Por una parte, la desigualdad porque no todas las personas tienen
la misma capacidad económica para comprar. Los pobres enferman más, tienen una
educación más limitada y, cuando no lo es, la consiguen con la ayuda de becas
(dinero), al igual que las parejas adineradas parecen más guapas, en ocasiones
porque pueden permitirse retoques estéticos que no están al alcance del resto…
En fin, el dinero es la gran frontera que hoy separa a los seres humanos y que
precisamente sostiene el resto de fronteras físicas que se erigen entre países,
ciudades, barrios y clases sociales. Los hilos del poder están ahora manejados
no por los políticos que los pueblos eligen sino por los intereses de las
grandes multinacionales que fomentan y sostienen programas políticos y
gobiernos, al igual que favorecen su caída cuando ya no les son útiles. Lo
único que puede enfrentarse a la dictadura de la economía son las ideas, si
éstas son compartidas por una masa crítica social suficiente, pero ya se
encargan los dueños del dinero de adormecer tales inquietudes con pan y circo,
como en la antigua Roma.
El segundo problema surge de la capacidad del dinero para
desplazar otras consideraciones y valores personales y sociales.
Un paradigma de esto último es, por ejemplo, la experiencia
llevada a cabo en algunos centros educativos de Estados Unidos, consistente en
pagar a los alumnos por leer o sacar buenas calificaciones. Esto es lo que, en
mi opinión, diferencia la educación del amaestramiento. Si el único aliciente
para aprender es la posibilidad de obtener una recompensa inmediata y tangible
estamos haciendo con nuestros hijos lo mismo que hacemos con los perros para
conseguir que nos obedezcan.
La crítica moral que esto merece, aunque sólo sea por entender que
nuestro nivel de inteligencia es superior al de los animales, debería ser
compartida por todos, pero mucho me temo que eso es pedir demasiado.
Decía al principio que estas consideraciones pueden ser útiles
para los emprendedores porque la idea de un negocio debe ir más allá de los
aspectos meramente prácticos. Ser empresario (igual que ser trabajador, por
cierto) no es más que un atributo o condición circunstancial de nuestra vida
porque conviene recordar que, antes y después de ello, somos personas. De ahí
la importancia de aplicar valores mucho más trascendentales que los económicos
a cualquier proyecto que emprendamos. Eso lo convertirá en un proyecto
enriquecedor y satisfactorio y no sólo en una moneda de cambio. Si hoy todo
parece estar en venta, quizá sea el momento de demostrar que no todo tiene un
precio.
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