Cuando la ética empresarial está… en funciones.
La propaganda
política suele consistir básicamente en torturar al lenguaje hasta hacerle
confesar el significado más conveniente para la ideología o programa del
carcelero de turno.
Ejemplos al vuelo: "socialdemocracia" en boca de Podemos, o
"impuestos" en labios de todos los demás.
Lo cierto es que las campañas electorales ayudan a redescubrir ciertas palabras y expresiones que
habitualmente permanecen entre bambalinas. Los dos ejemplos quizá más populares
por repetidos son el vocablo "sorpasso" y la expresión " en
funciones". En realidad la palabra sorpasso no pertenece a nuestro
Diccionario sino al italiano para referirse a "adelantar"; a la
terminología política de nuestro país parece ser que la importó Julio
Anguita
allá por los 90. En funciones, por su parte, sirve
para indicar
que una persona está haciendo una labor en sustitución de otra o de forma
temporal.
Con el
preámbulo pretendo situar que también en relación con la empresa,
el concepto de Ética parece estar con frecuencia en funciones, o sea en
una especie de limbo a medio camino entre la imagen, la comunicación, la
tranquilidad de conciencia del empresario y el simple "vamos a llevarnos
bien" aplicado a cuantos interlocutores o stakeholders se pongan por
delante. Todo ello intentando sustituir, y no siempre de forma temporal, al
auténtico valor estratégico y práctico de la ética como pieza clave de la
Organización. Estamos, pues, ante una ética en funciones, que, a
partir de actitudes y comportamientos anecdóticos, algunos creen haber elevado
al rango de categoría.
La ética, al igual que ocurre con la comunicación, existe, aunque no queramos.
La ética, explicada como para andar por casa, se ocupa del bien y del mal de las acciones humanas. La ética empresarial es, pues, su aplicación a una actividad y entorno concretos, los de la empresa. Visto así, con la ética ocurre como con la comunicación: que existe siempre, queramos o no. Si el silencio es uno de los mensajes más elocuentes en comunicación, la concepción de una ética que ni está ni se le espera indica un comportamiento dominado precisamente por la ausencia de normas éticas, lo cual califica de forma clara, la catadura moral del actor.
La ética, al igual que ocurre con la comunicación, existe, aunque no queramos.
La ética, explicada como para andar por casa, se ocupa del bien y del mal de las acciones humanas. La ética empresarial es, pues, su aplicación a una actividad y entorno concretos, los de la empresa. Visto así, con la ética ocurre como con la comunicación: que existe siempre, queramos o no. Si el silencio es uno de los mensajes más elocuentes en comunicación, la concepción de una ética que ni está ni se le espera indica un comportamiento dominado precisamente por la ausencia de normas éticas, lo cual califica de forma clara, la catadura moral del actor.
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De Sintetia.com |
Si negarla es inútil,
manipularla también. En este sentido, se suele acudir a la manida expresión
"business is business" como recurso exculpatorio para ciertos comportamientos
y decisiones empresariales. En el fondo de la justificación subyace el afán de
beneficio a toda costa, caiga quien caiga, supeditando a tal objetivo el resto
de posibles pautas de comportamiento. Tal es para ciertos empresarios el primer
y único capítulo de su particular código ético. En realidad, lo que hacen es
dejar a la ética en funciones, es
decir con el carácter de provisionalidad que conviene para no molestar a otros
fines. Y esa es una visión bastante pacata de la ética empresarial.
La "cultura del propósito"
La "cultura del propósito"
La ética soporta mal
un uso meramente instrumental, porque no pertenece al apartado de recursos sino
al de identidad y principios estratégicos. Punit Renjen, CEO global de
Deloitte, acuña el término "cultura del propósito" como respuesta
a la cuestión crítica sobre cómo se define una organización a sí misma y para
qué existe a través de un núcleo de creencias cuidadosamente articulado. En tal
sentido --afirma-: “… crea un imperativo moral duradero que va más allá de
obtener ganancias, guiando el comportamiento general, ejerciendo influencia
sobre la estrategia corporativa y trascendiendo a los líderes.”. El
imperativo moral, pues, va más allá de beneficios, de tácticas y de posición en
el organigrama. Es un asunto primordial entre el conjunto de trazos que definen
la identidad de una empresa y que impregna su conducta.
Pongamos un ejemplo
sencillo para ilustrar la diferencia entre la ética rindiendo a plena capacidad
y la ejercida en funciones, retomando el símil con la comunicación al
que antes aludíamos.
Cuando ética significa eficacia.
En el caso del abajo firmante es por deformación profesional, pero espero no obstante coincidir con la mayoría de los profesionales y empresarios que puedan leer estas líneas (con una encomiable paciencia, por cierto, que merece mi asombro) en la importancia de contar con una estrategia y un adecuado dominio de los instrumentos y herramientas de comunicación en la empresa. Tradicionalmente se ha dado más valor y adjudicado más recursos a la versión externa de la comunicación. Desde las campañas de publicidad de toda la vida como desde las actuales y ya obligadas plataformas que nos comunican on line con nuestro mercado, lanzar, y ahora también recibir mensajes del exterior, es el punto de partida para alcanzar, informar, convencer, captar y fidelizar a nuestros clientes. La comunicación hacia el exterior es, junto con otras, la herramienta capaz de convertir nuestro mercado "potencial" anónimo en nombres y apellidos de nuestra facturación.
Cuando ética significa eficacia.
En el caso del abajo firmante es por deformación profesional, pero espero no obstante coincidir con la mayoría de los profesionales y empresarios que puedan leer estas líneas (con una encomiable paciencia, por cierto, que merece mi asombro) en la importancia de contar con una estrategia y un adecuado dominio de los instrumentos y herramientas de comunicación en la empresa. Tradicionalmente se ha dado más valor y adjudicado más recursos a la versión externa de la comunicación. Desde las campañas de publicidad de toda la vida como desde las actuales y ya obligadas plataformas que nos comunican on line con nuestro mercado, lanzar, y ahora también recibir mensajes del exterior, es el punto de partida para alcanzar, informar, convencer, captar y fidelizar a nuestros clientes. La comunicación hacia el exterior es, junto con otras, la herramienta capaz de convertir nuestro mercado "potencial" anónimo en nombres y apellidos de nuestra facturación.
Algo distinto ocurre
con la comunicación interna. Hay todavía empresas y responsables que no
terminan de ver claro eso de dar cabida en su escala de preocupaciones a la
forma en que deben comunicarse con sus inferiores y menos aún a aceptar que
estos también deben contar con medios para transmitirles opiniones, quejas,
propuestas, etc. Sencillamente les parece innecesario y, créanme, en la mayor
parte de las ocasiones también "peligroso". La tozudez de los hechos
les suelen imponer, sin embargo, algunas prácticas elegidas, claro, entre las
más inocuas posibles: el buzón de sugerencias, la newsletter oportunamente
"gestionada", la cena de Navidad para estrechar vínculos y, asumiendo
riesgos casi suicidas, hasta reuniones con los representantes laborales en las
que se les informa de los proyectos de la empresa.
Si tenemos claro que
la ética es un componente estratégico transversal dentro de la Empresa,
habremos de asumir que afecta también a sus planteamientos comunicacionales. En el escenario,
más frecuente que ficticio, que acabamos de plantear parece que la ética
vinculada a la comunicación interna está, de nuevo, en funciones. Es decir, así
aplicada no pasa de ser una caricatura con pretensiones de sustituir a la Ética
con mayúsculas, ésa que define la bondad y conveniencia de un comportamiento
conforme a las normas aceptadas y los principios que las justifican. E intento
explicar por qué.
La comunicación
interna se sostiene en cuatro pilares que en realidad son por si mismos una
estrategia: información, empatía, diálogo y consenso. Son estrategia porque
suponen hitos válidos per se; a la vez, cada uno se nutre del resto en una
relación causa-efecto; y, por último, se alcanzan de forma progresiva.
Nuestro
empresario-ejemplo, el del buzón de sugerencias al que aludíamos, se ha quedado
en la mera información con lo que la calificación ética de su estrategia de
comunicación dejaría bastante que desear. Basta acudir al sentido común para
ver que un plan de comunicación correctamente planteado y aplicado, tanto desde
el punto de vista conceptual como técnico y de procesos, debería reflejar los
pasos indicados porque de hecho son "buenos" para la organización y
para sus miembros, sean propietarios, directivos o trabajadores. La bondad, o
si se prefiere, la carga ética positiva de la comunicación interna así
entendida salta a la vista, en contraste con la concepción insuficiente, y
quizá malintencionada, de la anterior.
La ética
empresarial se conforma a partir de una serie de principios morales que dirigen
el comportamiento de la empresa como organización, visibles en las
decisiones que adopta y en el tipo de
relación que mantiene con sus stakeholders. Por eso nunca debe estar
en funciones, porque el mercado observa y juzga y, desde el otro lado, los
miembros internos tienen en la actitud y conducta ética de la empresa a la que
pertenecen o con la que están vinculados el termómetro del que puede depender
su implicación y sintonía ella, con las consecuencias que ello puede tener en
la cuenta de resultados. Y así, sí, no quedará más remedio que aceptar que la
ética es siempre un buen negocio.
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