Suele
decirse que la publicidad es el símbolo por antonomasia del capitalismo, antes
que el lujo, o incluso que el bienestar. Quizá sea así porque es más
democrática, al ser por definición “pública” y abierta; o más bien porque en
realidad es el motor que permite el engranaje entre
producción-consumo-producción…, con todas sus derivadas.
Este
carácter emblemático de la publicidad se hace más evidente, por contraste,
cuando navega por mares extraños, pongamos, por ejemplo, en la Cuba actual.
La publicidad como metáfora de la libertad
La
revolución de Castro supuso nacionalizaciones y casi eliminación de la
propiedad privada. Con ello el único cliente de las escasas campañas
publicitarias existentes, convertidas ya en pura propaganda, era el Estado; y,
con el tiempo, su omnipresencia en la economía cubana y el control absoluto de
todos sus resortes hizo innecesario cualquier esfuerzo de comunicación persuasiva
entre la población. Pero ahora, cincuenta años después, el segundo de la saga
de los Castro parece haber iniciado una tímida apertura, seguramente porque le
va en ello su propia supervivencia política y la económica de su país.
El caso
es que en esta aspiración, internet es para el cubano medio la ventana abierta
al mundo que hasta ahora le era negada. Pero es un bien escaso. No hay todavía
ni infraestructura ni recursos que permitan un acceso generalizado a la red.
Pero la inquietud del temperamento caribeño no iba a pararse ante tal
menudencia. Para solventarla crearon los “paquetes”.
Los
“paquetes” no son más que recopilaciones de contenidos capturados en internet
por quienes tienen acceso y que, a modo de colaboración popular, se difunden en
memorias USB y discos externos. Es el internet offline con el que, por un
módico precio (unos 3 $ a la semana), se puede disfrutar de las últimas series,
deportes, apps, revistas en PDF, etc.
El éxito
de estos “paquetes” ha sido tal que ha provocado dos consecuencias. La primera,
que el Gobierno (por su irredenta tendencia al control) se ha sacado
de la manga su propia versión del invento, de nombre “la mochila”, sorprendidos
quizá al descubrir que una cierta libertad de mercado en términos de comunicación
les ha escamoteado la iniciativa y, además, les ha obligado a ser
“competencia”.
Y la
segunda que el “paquete” pronto se ha mostrado como un soporte publicitario
apetecido por negocios y empresas para llegar a su público objetivo. El formato
elegido para ello es, sobre todo, el spot.
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El hecho
es que la publicidad adquiere aquí un carácter metafórico al encarnar las
aspiraciones de libertad del pueblo cubano.
El continente, en este caso la publicidad, se arroga las atribuciones
que en circunstancias normales residen en el carácter simbólico de su
contenido, adquiriendo un valor propio como impulso o alimento de los deseos de
apertura de la sociedad cubana en su mayoría.
Para
situar conceptos podemos decir que el símbolo es la representación perceptible
de una idea que viene vinculada a rasgos socialmente interpretados de forma
similar. El cow-boy como símbolo es a USA como el toro es a España. No se nos
ocurriría relacionar al vaquero del viejo Oeste con Filipinas ni a la imagen de
un morlaco con Noruega. Por tanto el símbolo es una convención, una imagen cuya
traducción es compartida.
En
publicidad, metáforas, alegorías, retórica en fin ("el arte de dar al
lenguaje eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover", según la
RAE), son recursos que usamos para dotar a los productos de significado, para
hacerlos, en otras palabras, "valiosos" en función del esquema
cultural del destinatario, y a partir de ahí, inducirlo a la conducta deseada
que es el consumo.
Así pues, el símbolo es el instrumento, el
valor es el argumento y la conducta el objetivo.
En estos dos anuncios
se comprueba cómo el atractivo de la belleza juvenil es valorado por
todas las edades, sea para adquirir un tractor Lamborguini o un producto de
limpieza.
Entre el mensaje y la conducta están los valores.
Que la
publicidad nos miente suele ser una crítica frecuente al entrar a valorar su
idoneidad ética. Y lo hace en ocasiones cuando la información que nos
da del producto es interesadamente incompleta o sencillamente falsa.
Ahora bien, tampoco podemos exigir a la publicidad virtudes angelicales. Es
cierto que debe decir la verdad y nada más que la verdad, pero, en mi opinión,
no tiene por qué decir toda la verdad. Si así fuera, los anuncios de coches
deberían añadir la "verdad" del accidente mortal que como
posibilidad incluyen y los de productos de belleza la "verdad" de la
agresión sexual que en algún pervertido pueden provocar. No tendría sentido,
entre otras cosas porque estamos preparados para interpretar los mensajes
comerciales en su justa medida y entender los objetos y productos por lo que
son y lo que pueden ser.
En
consecuencia, la simbología publicitaria, y también la misma publicidad como
símbolo, inducen a un determinado tipo de conducta. Pero es una actuación
sobrevenida, es decir, añadida al comportamiento derivado de nuestros propios
valores. Cuando permitimos que el bombardeo publicitario conforme nuestra
escala de valores trastocando la que el mínimo sentido común y nuestra
inteligencia sugieren, ya no es responsabilidad de los creativos publicitarios
ni de las marcas sino de quienes no quieren o no pueden aplicar los filtros
precisos a la retórica publicitaria.
El poder
de la publicidad hace que la ética que a ella debe aplicarse no se contemple
solo como un barniz para evitar "desmanes creativos", sino como parte
de su propia esencia. Y no es fácil, porque somos el puente entre los legítimos
deseos de quien necesita cautivar a una masa de personas para que consuman y la
sociedad que, como colectivo e individualmente, exige respeto, consciente como
es de su propia debilidad.
Si, como
decíamos, el valor es el argumento y la conducta el objetivo, la publicidad
también se encarga de crear “valores”, los “valores del capitalismo”, como en
Cuba, causantes de todos los males para algunos, motor de desarrollo y libertad
para otros, extremos cuyo punto de equilibrio es cosa nuestra, como lo son los
valores que nos impulsan a una u otra conducta.
No es la
marca, por tanto, ni la empresa anunciante, las que nos “obligan” a un
comportamiento determinado, aunque sí nos impulsan a él porque va en ello su
supervivencia y su negocio. Y es cierto que, ante la sofisticación creativa
actual y la saturación de mensajes publicitarios, parece lícito afirmar que hay
demasiados condicionantes como para que el consumidor pueda actuar con plena
libertad. Es cierto, porque si valores y conducta son propiedad privada y cada
uno el autor de su propio papel, el teatro y el attrezzo lo ponen el mercado y
las marcas. Y a cada cual le toca su propia responsabilidad.
… Y es que incluso en la guerra hay normas que
cumplir.
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