SON TIEMPOS DE MIEDO EMPRESARIAL
En frase del escritor mexicano Amado Nervo "el
miedo no es más que un deseo al revés". Añadiré que desear, igual que
necesitar, incluye la posibilidad de no lograr. Así que la cruz del deseo es el
miedo que puede asaltarnos ante la amenaza de un futuro frustrante, vacío,
estéril… muy alejado de aquél que pretendíamos alcanzar.
Pero hay otro miedo, que ahora se hace más presente
tanto a nivel personal como social y que afecta a todo tipo de organizaciones,
que es el miedo como reacción a la incertidumbre, a lo desconocido. El miedo que
provoca la ignorancia y la imposibilidad de controlar los acontecimientos.
La vida de las empresas, como la nuestra propia, se
asienta la mayoría de las veces sobre rutinas en las que causa y efecto, acción
y resultado, decisión y consecuencia no producen sorpresas. Es un
comportamiento ya experimentado en el que solo el azar, que se intenta esquivar
a toda costa, puede distorsionar el logro. Así, las empresas se sienten
seguras, aunque algunos de sus órganos vitales como el mercado, por ejemplo,
sean por definición volubles, pero es el control de todo lo demás lo que
minimiza el riesgo de esta excepción.
Aceptaremos pues, en resumen, que la información
respecto al futuro es lo que nos da seguridad y que ésta es la vacuna contra el
miedo. Si ponemos ante el espejo este argumento, su reflexión nos diría que la
ignorancia rezuma miedo cuando la inseguridad es nuestra única puerta hacia el
futuro. Y asumiremos, en consecuencia, que una mentalidad empresarial
monolítica, así como una estructura y unos procesos fijos e inamovibles suponen
tranquilidad, pero solo mientras poseemos el control del entorno en tiempo y
espacio. … Y, en este momento, está claro que no es el caso.
La incertidumbre ante lo desconocido, como la RAE lo
define, está colocando hoy al miedo en los primeros lugares de nuestra escala
de estados de ánimo más frecuentes. A duras penas parece que se está
controlando la pandemia en el momento presente, pero desde luego lo que está
fuera de control es el futuro y no tanto
por desconocido (por desgracia aumentan los datos que sirven para dibujarlo
cada vez con más fidelidad), sino por falta de herramientas para afrontarlo,
como hace unas semanas ocurrió con la madre que lo parió, de nombre COVID-19.
No hay recetas, pero sí ingredientes
Adaptación.
El hombre es un animal de costumbres, y las empresas,
a su modo, también. Pero no es menos cierto que unos y otras tienen en su
capacidad de adaptación una facultad de vital importancia, nunca mejor dicho.No hay recetas, pero sí ingredientes
Adaptación.
En poco más de un mes, por ejemplo, miles de empresas
de todos los tamaños y profesionales de todas las ramas han tenido que ponerse
manos al teclado para seguir con su actividad a distancia. En realidad, tampoco
hemos descubierto demasiado porque, como
indican los datos del último
Media
Comsumtion Forecast de Zenith, dedicamos 33 días al año (800 horas) a internet
vía móvil, con un crecimiento del 13% anual en el último lustro. El único matiz
es que en ese tiempo de dedicación apenas dejamos resquicio para el trabajo y
sí para el ocio, la comunicación, las compras etc. Ya somos digitales; lo que
muchas empresas se han visto obligadas a descubrir ahora es que los algoritmos
y la fibra óptica han de contemplarse como un apéndice imprescindible de los
recursos humanos, más allá de formar parte de los recursos productivos.
Adaptarse
cuesta porque supone ejercer una cierta violencia contra lo establecido. Lo decíamos al principio: la rutina nos tranquiliza
porque hace innecesaria la argumentación y la decisión, y porque evita la
sorpresa. "Siempre se ha hecho así, por los mismos motivos y con idénticas
consecuencias"… y, de esta forma la empresa podría seguir avanzando hasta
que, de pronto, cambia el escenario, el papel que venía interpretando y hasta
el público ante el que actuaba. Se llama, por ejemplo, pandemia, y eso trastoca
los planes y obliga a jugar con otras reglas.
En eso,
creo yo, consiste adaptarse, en asumir el cambio no como una necesidad
coyuntural sino como una constante capaz de generar con naturalidad nuevos
procesos, herramientas y mentalidad dentro de la empresa.
En estas semanas ejemplos de lo dicho hay abundantes. Muchas empresas se han adaptado a la no presencia física de los trabajadores, como muchas familias han tenido que acomodarse a lo contrario, a la sobredosis de contacto; y ha habido que manejar nuevas formas de llegar a los clientes, y de comunicar y de tantas cosas. La adaptación a un entorno nuevo es más fácil cuando se tiene el cambio como perspectiva constante y capaz a partes iguales tanto de entorpecer nuestro recorrido empresarial como de descubrirnos alternativas nunca imaginadas o, como ahora, capaz también de obligarnos a dar pasos siempre postergados. "A la fuerza ahorcan" es otra forma de decirlo.
En estas semanas ejemplos de lo dicho hay abundantes. Muchas empresas se han adaptado a la no presencia física de los trabajadores, como muchas familias han tenido que acomodarse a lo contrario, a la sobredosis de contacto; y ha habido que manejar nuevas formas de llegar a los clientes, y de comunicar y de tantas cosas. La adaptación a un entorno nuevo es más fácil cuando se tiene el cambio como perspectiva constante y capaz a partes iguales tanto de entorpecer nuestro recorrido empresarial como de descubrirnos alternativas nunca imaginadas o, como ahora, capaz también de obligarnos a dar pasos siempre postergados. "A la fuerza ahorcan" es otra forma de decirlo.
Planificación.
Sería un
error confundir la capacidad o necesidad de acomodarse con la improvisación.
Los sudores que bastantes empresas y profesionales están pasando obligados por
la mecánica de un "teletrabajo" al que no estaban acostumbrados
podrían haberse evitado si la posibilidad que ahora se ha hecho necesidad se
hubiese previsto de alguna forma, y no me refiero a haber profetizado esta
pandemia en concreto, sino a un cambio repentino de escenario en el que desenvolverse.
Todas las
organizaciones tienen en la estrategia su punto de apoyo. Básicamente se
analiza el punto de partida, se vislumbra el objetivo a alcanzar y se definen
los recursos de todo tipo que son necesarios. Ocurre que esos tres items
tienden a ser estáticos o, al menos, soportan mal las brusquedades. Lo difícil
es que, dentro de la estrategia, se contemplen escenarios diversos que obliguen
a cambiar objetivos y recursos a partir de una posición de partida que también
es otra por las nuevas circunstancias. Es lo que ahora se deja ver por parte de
las empresas que mejor están respondiendo a la realidad. Quizá en algunas el
acierto sea casual, pero se nota en otras un criterio de actuación que no
deriva de la improvisación sino de la planificación.
El
confinamiento, el parón económico, la situación crítica de supervivencia para
empresas, familias y personas ha hecho emerger estrategias en las que la
"responsabilidad social corporativa" es protagonista porque forma
parte de la entraña de la identidad empresarial y no un accesorio manufacturado
con urgencia. Por eso es
palpable la diferencia entre RSC y marketing con causa, pues mientras en el
segundo el objetivo es comercial y la actuación puntual, en el primero se trata
de una forma de ser organizacional. Ambos, eso sí, aspiran a réditos en imagen
corporativa con reflejo en la cuenta de resultados, porque para todas las
empresas el único cielo está en la tierra.
La planificación, tal y como ahora queda demostrado,
no puede ser ni unívoca ni estática. Ha de
contemplar la situación real pero también los escenarios posibles de los que
haya datos que haga tal previsión fiable, así como de los que tienen un
histórico cíclico. De ahí que la estrategia deba ser "líquida",
adaptable y con capacidad de respuesta a más de un entorno, tal y como
estamos viendo en casos como la aviación (de pasajeros a carga), hostelería (de
la barra al servicio a domicilio) y otras.
Pero para eso, se precisa otra condición.
Desconocer el "para qué" y el "con
quién" multiplica los boletos para el fracaso.
La actual es una experiencia con un gran componente
emocional porque el miedo nos abofetea de un enemigo que desconocemos y que no
sabemos si nos tiene en su lista. (Por eso lo inexacto de la retórica bélica
tan al uso, porque en una guerra hay un enemigo conocido al otro lado de la
trinchera y con el que, además, podemos pactar la paz, o la rendición, algo de
lo que no entienden los virus).
El miedo, como intento explicar, emana del
desconocimiento y produce tanto más daño cuanto mayor es la rigidez, el
inmovilismo y la falta de planificación previa en la respuesta. Pero aun
contando con tales condiciones, en el caso de las organizaciones la solución
muere antes de haber nacido si todas las piezas humanas no se ponen al servicio
de la causa y, además, si tras dicha implicación no existe suficiente carga
motivacional como para sobrellevar las dificultades.
Cuando menciono a la motivación no me refiero a la
sugestión. No hablo de sicología positiva, ni de gurús, ni de mindfulness, ni
de gritos de guerra, ni de… usted ya me entiende. Por motivación, como
fuerza impulsora de una acción colectiva, quiero decir información, compromiso,
honestidad, aceptación del error, capacidad crítica y, sobre todo, objetivos
claros.
Las empresas en situaciones como la actual han de
convertir su organigrama en un liderazgo contagioso, en el que todos los
miembros sientan su propio poder para ejecutar el cambio al que las circunstancias
obligan.
De gestionar una crisis a gestionar un cambio

Por eso es preciso intentar un cambio que debe ser un cambio de valores, de filosofía vital, de actitud, de estrategia. Se trata de dar la vuelta al iceberg con el que Torben Rick representa visualmente la diferencia entre la forma en que las empresas dicen que hacen las cosas y la forma en que las cosas se hacen realmente. Este es el reto de gestión que solo las organizaciones más valientes afrontarán. El resto se quedarán a esperar a la próxima.
… Y para terminar, quizá sea mejor que vayamos
filtrando ese concepto ya tan manido de la "nueva normalidad" que nos
espera. Primero porque es contradictorio en sí mismo. Lo "normal",
para serlo, exige poso, costumbre, repetición, justo lo que le falta a toda
novedad también para serlo. Por otra parte, conviene no hacerse ilusiones si es
que pensamos que lo que viene va a ser necesariamente nuevo y, además, bueno.
No hay mascarillas para tanta verborrea.
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