PÓNGAME UN “CRISPR” SOCIAL, POR FAVOR.
Quizá usted,
desconocido lector, sepa hace mucho qué es la edición genómica. Uno, que es de
letras, lleva poco tiempo buceando por pura curiosidad en estos arrecifes del
presente casi de ciencia ficción en el que sobrevivimos y para estar, más que
nada, prevenido ante sobresaltos previsibles y nada aconsejables a cierta edad.
El caso es que
hablar de “Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats” ,o su
acrónimo CRISPR, no aclara mucho. Decir “Repeticiones Palindrómicas Cortas
Agrupadas y Regularmente interespaciadas”, por mucha riqueza léxica que
poseamos, tampoco, excepto para las mentes cultivadas en temas de genética o
novólatras impenitentes siempre a la última. Pues bien, al decir de los que
saben, CRIPSR es la capacidad real de manejar a conveniencia un mecanismo
natural de defensa de nuestras bacterias ante los virus malotes; se trata de
poder programar la edición de nuestro ADN cortando donde convenga y
sustituyendo lo eliminado por una secuencia celular adecuada. Es un
“corta-pega” génico, que servirá para
“etiquetar sitios específicos del genoma en células vivas, identificar y
modificar funciones de genes y corregir genes defectuosos.”
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Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna |
Este avance abre perspectivas inmensas. Poder editar y corregir un genoma supone la posibilidad de curar enfermedades de origen genético hasta ahora incurables. Pero significa también poder alterar embriones, es decir, cambiar, programar y decidir aspectos de la vida y el futuro de quien aún no ha nacido. Son fáciles de deducir las implicaciones no sólo científicas sino también éticas de este avance, tanto como su capacidad de insuflar esperanzas de una vida mejor.
IMAGINEMOS UN ESPEJO…
La
interconexión que caracteriza al mundo actual no afecta solo a los procesos y
dispositivos de comunicación, por mucho que estos hayan crecido y mejorado
hasta dar lugar a eso que llamamos el “Internet de las cosas”. Creo que debemos
trascender esta interpretación para intentar aproximarnos a conexiones más
arriesgadas. Quiero decir que, así como se asumen la validez de ciertos
recursos deportivos en el mundo de la empresa (entrenamiento, trabajo en
equipo, superación…), o estrategias de marketing a la política (y a casi todo,
en realidad), ¿por qué no situar nuestra sociedad actual frente al espejo de
un CRISPR fantástico capaz de devolvernos una imagen diferente de la misma?
¿Qué pasaría si contemplásemos nuestra realidad colectiva como una gran
secuencia de ADN a la que poder “meter mano”, en modo corta-pega?
¿En qué parte de nuestra vida creeríamos más efectivo editar nuestro genoma social y para qué? ¿Qué “enfermedades” sociales hereditarias o adquiridas corregiríamos con este método aplicado en un in vitro global imaginario?Este “What If”, que los creativos publicitarios conocen bien, se me antoja sugerente como ejercicio para conocernos y reconocernos en una realidad que quizá precisa mejoras y novedades. A fin de cuentas, Manuel Jalón nos regaló la fregona porque se atrevió a ello: ¿qué pasaría si unimos un palo y un trapo…? Imaginemos ahora…
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blog.bayer.es |
Si
introdujéramos a la sociedad en un laboratorio para aplicarle la técnica CRISPR
y modificar su ADN estaríamos en disposición nada menos que de corregir,
eliminar, insertar o activar/desactivar aquellos componentes que, por acción u
omisión, no producen los resultados apetecidos. ¿Podemos tan siquiera imaginar
la maravilla que supondría tal posibilidad? Recordemos que el CRISPR no hace
sino reforzar y ejecutar a voluntad mecanismos de defensa que ya están en
nuestro organismo. La sociedad tiene también sus propios mecanismos de defensa:
la ley, la ética, una cierta inteligencia colectiva y hasta una pizca de
sentido común compartido. Pero hemos de reconocer que también tiene agentes
infecciosos en permanente acecho que, en mi opinión, confluyen en una especie
de macro-virus cuyo síndrome se manifiesta de diversas formas pero se
identifica siempre con el deseo de poder y dominio.
Como colectivo, las
diversas divisiones que podemos hacer de la sociedad, sea en clases, países,
culturas, religiones…, confluyen en una aspiración que es demostrar su poder
sobre el resto, sea sometiéndolo o sea rebelándose ante el mismo. Lo intentan
conseguir (y a fe que con frecuencia lo logran) mediante la fuerza, el dinero,
la ideología, el miedo, el control de una tan aparente como irreal libertad. Si
miramos a nuestro alrededor y observamos el pálpito social más próximo no es
difícil comprobar que nuestro comportamiento como tribu, al igual que como individuos,
se mueve alrededor del poder, propio o ajeno, que como tal nos situará
respectivamente a lomos de la imposición o de la resignación. O el dominio o el
sometimiento. O gobiernas o eres gobernado. Nuestra misma vida particular es un
constante viaje entre uno y otro extremo. Nacemos por decisión ajena y a partir
de ahí la lucha para tomar las riendas del poder sobre nuestra propia vida es
constante. Es una cuestión de pura supervivencia.
CONTRADICCIONES
Si el “ácido desoxirribonucleico”
de nuestra sociedad tiene en el poder su principal instrucción genética que
heredamos de generación en generación, no es menos cierto que cada época
incorpora matices peculiares. Así como con el tiempo hemos aprendido a caminar
erguidos y ver el mundo desde una perspectiva distinta a la de nuestros
primeros antepasados, el presente nos sitúa ante un “genoma” peculiar: la
contradicción como forma de vida. Si nunca fue fácil entenderse y entendernos,
ahora es un sudoku inescrutable.
Veamos. En un
mundo globalizado que busca la igualdad, la aproximación, el intercambio sin
barreras surgen los nacionalismos más exacerbados asentados sobre la
diferencia, la exclusión y la distancia. Ante un ateísmo que hace del
descreimiento la única religión, proliferan corrientes pseudofilosóficas y
religiosas que promueven una especie de misticismo salvador con un dios diluido
en espectáculo. Frente a la explosión de herramientas diversas para
relacionarnos, de redes “sociales”, de algoritmos que nos regalan amigos, de
escaparates digitales en los que exponer nuestros pensamientos, palabras y
obras sin más límite que nuestro pudor, la soledad y el aislamiento tienen casi
rasgos de pandemia. Y, por fin, ante semejante panorama en el que una cosa y la
contraria conviven con naturalidad, eso sí, dejando patente la esquizofrenia
social en la que estamos abocados a vivir, la ilusión de un CRIPSR que nos
permitiera corregir, eliminar, insertar, activar/desactivar algunas partes
siquiera de nuestro ADN colectivo se me antoja cada vez más urgente. Sería una
especie de deux ex machina que, en efecto, nos facilitaría resolver de forma
inesperada lo que parece irresoluble.
LA EDUCACIÓN IN VITRO
¿Dónde está el
laboratorio capaz de reconocer las mutaciones malignas del cuerpo social y
facilitar su corrección? En la escuela. Y si ponemos, a modo de metáfora, la
técnica científica del CRISPR frente al espejo de nuestro mundo y nuestra vida,
¿qué veríamos? Educación. Creo que son el nudo gordiano de todo avance, la solución
a la vez que el problema. El CRISPR en un pupitre.
No soy de los
que creen que antes se educaba mejor, si nos referimos a la metodología, pero
sí de los convencidos que se educaba más, si pensamos en los contenidos. La
desazón y apatía que, según dicen los estudios, inunda a buena parte de
nuestros jóvenes respecto a su presente y su futuro no obedece solo a la
herencia envenenada que les vamos a dejar sino, aunque no sean conscientes, a
que no hemos sabido educarles en las habilidades (skills, se dice ahora)
y los valores (values, los llaman) en los que siempre se ha apoyado
nuestro organismo colectivo para identificar y corregir las células malas que
anticipan tumores incurables. Pocas noticias son tan desalentadoras como las
que reflejan las deficiencias educativas (y no me refiero solo a conocimientos
sino a comportamientos). El ADN de nuestras generaciones jóvenes necesita un
CRISPR con urgencia porque nuestras escuelas y colegios se han convertido con
frecuencia en laboratorios para ideologías de conveniencia y experimentos didácticos
sin antídoto. Si no inactivamos estos virus seguiremos colocando al poder como
máxima aspiración de sus vidas y las contradicciones como su territorio natural.
No quisiera
dejar este lienzo tan gris. Ya que es difícil ir a peor, solo queda mejorar, lo
cual ya es esperanzador. Conviene, eso sí, no confiar al “poder” político la
mejora de la situación porque su mediocridad actual no augura nada bueno a la
vista de que alcanzar el nivel de la propia incompetencia parece haberse
convertido en la meta de los profesionales de la cosa pública. Me temo que el
delicado ejercicio de cambiar nuestra predisposición genética al error como
sociedad está en manos de unos pocos pero es responsabilidad de todos. Habrá
que ir detectando virus, romper algunos eslabones de nuestro genoma social,
retocar nuestro ADN en las aulas y patios de nuestros colegios. Si no lo
hacemos, me temo lo peor: que para cuando se den cuenta ni les habremos
enseñado a remediarlo ni tendrán a quién reclamar.
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