INTELIGENCIA CIRCULAR
Cambio, cambio,
cambio… El cambio protagoniza el tiempo que nos toca vivir. Es una exigencia
para nosotros, nuestros conocimientos, nuestras empresas, nuestra forma de
relacionarnos y de aprender, nuestra manera de gobernarnos. ¿Estamos en una Era
de cambio o en un cambio de Era? ¡Qué más da, mientras el mundo gire alrededor
del cambio!
Somos adictos y
apóstoles de la permuta, el canje, el cambalache, el trueque, la mudanza…, y,
con ellos, de la fugacidad, la versatilidad, la variabilidad, la eventualidad
de aquello que hasta ahora ha guiado nuestro comportamiento y nuestras
creencias; todo lo cual queda sumergido en el agujero negro de la
transformación, la metamorfosis…, del cambio como eje, en todas sus acepciones
y con exhibición de sinónimos.
El cambio recién pintado
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En realidad no
hemos descubierto nada. La vida y la naturaleza están construidas sobre el
cambio que impone el paso del tiempo y la evolución natural de todo lo que está
vivo. La diferencia es que ahora al cambio se le ha dado una mano de pintura
para que “vista” más, sea progre, polivalente, y marque distancias con el
pasado y con el inmovilismo (“naturalmente” imposible, por otra parte), para
que debamos fijarnos en el futuro, en todo lo bueno que está por venir (siempre
que hagamos tabula rasa de lo anterior, por supuesto), avanzando así una nueva
Era que surgirá de las semillas del pensamiento positivo, el mindfulness, la autoayuda y los púlpitos doctrinales que
surgen por doquier.
El cambio, sin
embargo, como filosofía vital y justificación de teorías sociales, económicas y
políticas tiene sus riesgos, fruto de la poca consistencia de algunos
planteamientos. Lo leí hace poco: “sobreestimamos el cambio en el
corto plazo, lo subestimamos en el largo y olvidamos que cuanto más precisa sea
una predicción más posibilidades tiene de ser fallida”. La afirmación –con la
que coincido– ilustra a la perfección que el
problema no viene del concepto en si sino del uso que hacemos del mismo,
urgidos como estamos de respuestas inmediatas y de utilizar el cambio como
disolvente de lo viejo más que como aglutinante de lo nuevo que llega día a
día.
¿Qué hay de nuevo…?
La innovación es una acción de cambio que supone
una novedad. Se trata de añadir valor a una idea a través de la creatividad y
buscando un beneficio. Se acostumbra a asociar con mejora, progreso…, aunque
también ocurre que las novedades pueden provocar transformaciones (transmutar
algo en otra cosa) peligrosas, cuando no definitivamente dañinas. Con el
término se identifica, por ejemplo, uno de los fundamentos de todo avance
productivo que se precie, pero también empapa ya territorios como la política,
la educación y otros, usado a veces como sinónimo de “renovación”, si bien hay
un matiz diferencial: innovar supone sustituir para mejorar; renovar aspira a
la mejora, pero no necesariamente por la sustitución.
Al hilo de lo
anterior, la novolatría es, en sentido
estricto, el culto a la última novedad, a lo que acaba de emerger, sea en el
ámbito cultural, social, económico o espiritual. Lo nuevo, así entendido, es,
por definición, lo bueno, lo que debe ser escuchado y seguido, simplemente
porque es nuevo. El término, por cierto, lo acuñó el filósofo y humanista
francés Jacques Maritain.
Si no entiendo o no me gusta lo que (y quien) me rodea, Google y las redes sociales me ofrecen de inmediato alternativas envueltas en papel de regalo (entiéndase: anonimato, ausencia de compromiso, superficialidad, sabiduría en versión tutorial…, a elegir).Las nuevas tecnologías han alimentado la búsqueda obsesiva de la novedad. Ahora es tan sencillo como tentador cambiar de información, de amigos, de paisajes sobre los que imaginar historias, de opiniones propias y ajenas.
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Todo pasa y todo queda…
El filósofo
Gregorio Luri publicó hace un tiempo, en su blog El
Café de Ocata,
el listado de sus convicciones pedagógicas que, en forma de
advertencia, remite a quien le invita a participar en ciertos encuentros
relacionados. No tiene desperdicio, así que me permitiré entresacar alguna de
tales “convicciones”.
- Entiendo la novolatría como un síntoma de la decadencia del discurso pedagógico.
- No creo que las tecnologías (nuevas o viejas) sean otra cosa que prótesis antropológicas que amplifican, para bien o para mal, lo que cada uno ya es.
- Soy un defensor firme -cada vez más firme- del peso del conocimiento en la formación de una persona.
- Creo que el discurso sobre las llamadas “competencias del siglo XXI” es un timo intelectual.
Hace poco yo
mismo escribía sobre la “inteligencia circular”, atreviéndome a
aplicar al conocimiento y la formación el concepto que ya se está extendiendo
en economía (la llamada Economía Circular). “Conviene
reaprender lo que ya sabemos –decía–, reutilizar
lo que conocemos, renovar lo ya superado, reparar errores acumulados, reciclar
nuestra formación y restaurar el valor de nuestra inteligencia a veces sometido
al puro esnobismo de la modernidad”.
Por eso, este
interés por adjudicar todas las bondades pedagógicas a lo último importado de
Silicon Valley o de los colegios de Finlandia conviene pasarlo por el tamiz de
un análisis pausado, por la adaptación a unas circunstancias y unos receptores
diferentes y por una evaluación posterior alejada del esnobismo entusiasta que
tanto nos gusta y, si es el caso, no avergonzarse por aplicar a cambio algo de
“inteligencia circular”.
Bill Gates tiene
un delicioso decálogo de reglas
(once, en realidad) que recomienda a los jóvenes estudiantes sobre todo para
que el choque con el mundo real que les espera al cabo de poco tiempo les
resulte más llevadero y provechoso. Por ejemplo:
(regla 2)
"Al mundo no le importará tu autoestima. El mundo esperará que logres
algo, independientemente de que te sientas bien o no contigo mismo";
(regla 8):
"En el colegio puede haberse eliminado la diferencia entre ganadores y
perdedores, pero en la vida real no. En algunas escuelas ya no se pierden años
lectivos y te dan las respuestas que necesitas para resolver correctamente un
examen y facilidades para que tus responsabilidades sean cada vez menores. Eso
no tiene nada que ver con la vida real";
(regla 9):
"Muy pocos jefes se interesarán en ayudarte a que te encuentres a ti mismo
en horario laboral. Tendrás que hacerlo en tu tiempo libre";
(regla 1):
"La vida no es justa, acostúmbrate a ello".
Es una prueba de
que los cambios, sobre todo los
que nos llegan conforme nos hacemos mayores, traen consigo un
baño de realidad. Aquí, la “novedad” no busca ser venerada sino más bien
aceptada. ¡Es la vida… tal como es!
Educar consiste en eso, en contar lo que fue, explicar lo que es y
estimular para construir lo que podría ser. El conocimiento
–que Gregorio Luri sitúa en la base de la formación– no tiene por qué referirse
sólo a lo nuevo. Conocer y reflexionar sobre lo pasado, sobre lo ya logrado en
cualquier disciplina, marca la referencia precisa para valorar lo recién llegado
en su justa medida, además de que cualquier innovación no es sino consecuencia
de hitos anteriores.
En realidad, no existe la novedad pura; tal vez, como mucho, trasformaciones novedosas con capacidad para sorprendernos.
Hablando de
innovación, es frecuente confundir procesos o herramientas con contenido. El
mejor ejemplo es Google. Como buscador fue capaz de reunir los atributos que
los usuarios precisábamos; de hecho, es un modelo de usabilidad y eficiencia.
Una innovación revolucionaria, sin duda. No obstante, es bueno recordar que lo
que dicha herramienta nos ofrece es “pasado puro”. Su contenido no es (no puede
ser, porque lo que aún no existe Google no lo puede indexar) ninguna novedad.
Pretérito imperfecto, futuro perfecto… ¿o es al revés?
Trasladando el
modelo anterior, confundir en educación herramientas y procesos con
conocimientos y objetivos es letal para quienes, al cabo de un tiempo, se
tendrán que desenvolver en un mundo en el que el reto será alcanzar metas con
instrumentos que aún no existen y que cambiarán a gran velocidad. Estarán, como
mucho, entrenados para adaptarse al cambio pero dejando en el camino jirones de
conocimientos y habilidades analógicas que el tiempo demuestra siempre como
insustituibles… Se sentirán preparados,
pero es posible que también engañados.
Me echo a temblar
cuando se magnifican competencias y habilidades menoscabando los conocimientos.
Creo que el futuro exigirá al ser humano más capacidad para pensar, desarrollar
estrategias y decidir, que para hacer, porque las máquinas empiezan ya a
ganarnos la partida en esto. Como casi siempre, en fin, seguimos teniendo un
problema de equilibrio, en este caso entre novedad y permanencia.
Los novólatras,
sobre todo en educación, suelen argumentar que los nuevos métodos pedagógicos y
los más recientes artilugios digitales deben inexcusablemente entrar a formar
parte de la escuela y la educación porque “son el futuro”; este barniz de
responsabilidad bienintencionada para con sus alumnos les sirve, además, de
justificación ética. Quizá no se han parado a pensar que, con tal argumento, parecen
despreciar lo que hicieron sus predecesores y, aún peor, pasan por alto lo que
sus mismos alumnos serán capaces de hacer. Por eso resulta algo presuntuoso
definir el futuro solo sobre lo último que se incorpora al presente. Para
entendernos, está clara la influencia que la obra y el pensamiento de Sócrates,
Leonardo Da Vinci, Cervantes, Pasteur o Tim Berners-Lee tienen en nuestro mundo
actual, pero no seré yo quien garantice que algo parecido ocurrirá dentro de
algunas décadas con los influencers de Instagram, las Mad Glass, el coaching o
el learning by doing, … aunque, al menos, habremos practicado el inglés.
Permítaseme ilustrar mi idea –o, al menos, intentarlo a modo de metáfora—con un ejemplo real y actual, tomado de una empresa tecnológica y su filosofía innovadora y de crecimiento. Hablo de Huawei.
Huawei es la mayor empresa privada china, la primera del mundo en investigación científica y servicios de telecomunicaciones. Penetra en 170 países, facturando más de 100.000 millones de dólares en el último año (+40%), con más de 74.000 patentes registradas. De sus 180.000 empleados, el 45% trabaja en investigación. Es líder a escala mundial en el desarrollo del 5G, con una inversión de 800 millones de dólares en I+D en 2018.
Pues bien, este apabullante perfil innovador, sostenido en la investigación, la creatividad y la “novedad” como valor, Huawei lo desarrolla en un campus construido sobre doscientas hectáreas, que acoge a 25.000 empleados y cuyos edificios reproducen ladrillo por ladrillo ciudades y entornos de la más vieja Europa, incluidas algunas de sus universidades. ¿Por qué lo habrán hecho así?
Permítaseme ilustrar mi idea –o, al menos, intentarlo a modo de metáfora—con un ejemplo real y actual, tomado de una empresa tecnológica y su filosofía innovadora y de crecimiento. Hablo de Huawei.
Huawei es la mayor empresa privada china, la primera del mundo en investigación científica y servicios de telecomunicaciones. Penetra en 170 países, facturando más de 100.000 millones de dólares en el último año (+40%), con más de 74.000 patentes registradas. De sus 180.000 empleados, el 45% trabaja en investigación. Es líder a escala mundial en el desarrollo del 5G, con una inversión de 800 millones de dólares en I+D en 2018.
Pues bien, este apabullante perfil innovador, sostenido en la investigación, la creatividad y la “novedad” como valor, Huawei lo desarrolla en un campus construido sobre doscientas hectáreas, que acoge a 25.000 empleados y cuyos edificios reproducen ladrillo por ladrillo ciudades y entornos de la más vieja Europa, incluidas algunas de sus universidades. ¿Por qué lo habrán hecho así?
Insisto, es sólo
una metáfora, pero representa bien cómo la innovación más rabiosa crece mejor
que en ningún otro con la referencia y sobre el terreno abonado del pasado, de
lo ya logrado, de lo que otros innovaron antes que nosotros.
Claro que, lejos
de allí, también hay quien
exhibe con orgullo una sede creativa con una --¿innovadora?-- forma de donut. …Y
yo aquí ya me pierdo.
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