A LA COMUNICACIÓN LE HA CAMBIADO SU FORMA DE SER.
Sabemos que el
53% de la población mundial (4.021 millones de personas) son usuarios de
internet. Que, en países como Mali, el incremento de internautas es del 460% en
el último año. Que
el 42% de los humanos participan en las redes sociales y que en lugares remotos
como la República de Kiribati la afición comunicarse por esta vía ha crecido un
191%. Sabemos que Facebook supera los dos mil millones de usuarios y WhatsApp
domina la mensajería online en 128 países. Y sabemos que el consumo de datos
vía smartphones ha crecido más en África y noreste asiático que en el resto de
latitudes.
Son datos de We Are Social
en el informe correspondiente al último año. Las estadísticas pueden analizarse
desde diversas perspectivas, pero éstas creo que piden un ángulo de visión
concreto.
La inclusión
de internet y sus distintas aplicaciones y usos en nuestras vidas –algo que ya
no distingue países, ni regímenes políticos, ni corrientes económicas—demuestra
que la comunicación está ahora más omnipresente que nunca. No es tanto que sea
más necesaria ni trascendental, sino que ha impregnado más rincones de nuestro
día a día. Nuestros predecesores, hace miles de años, precisaban y usaban
también sus propias fórmulas para intercambiar entre sí datos y otro tipo de
información y no era ésta menos importante que la actual; al revés,
seguramente, en ocasiones, transmitir al vecino de la cueva de al lado la
localización de una manada de jabalíes podía significar la diferencia entre
vivir y morir o, al menos, entre pasar o no pasar hambre durante una temporada.
Para entenderlo mejor, comparemos el valor y consecuencias de esta información
con los de la mayoría de los mensajes que hoy intercambiamos entre Emoji y
Emoji.
https://goo.gl/zL1VKA |
No podemos, por tanto, arrogarnos el mérito
de haber elevado la comunicación a una categoría superior, pero sí de haberla
transformado en fondo y forma, como nuestros antepasados nunca seguramente
pudieron imaginar. Si se me permite un símil de cuchara, es algo así como pasar
de la chuleta de jabalí a la hoguera de nuestro de pariente lejano al “semicuajo
de campero con secreto de cebolla y patata poché” (tortilla de patata de toda
la vida) o al “Niguiri cabezón de socorran y cocotxa a
la brasa con bergamota” (plato real del Menú de un restaurante 3 estrellas
Michelín). Como en la comunicación, antes y ahora, el objetivo último de
cualquiera de estos platos es el mismo y su recorrido gástrico idéntico, aunque
difieran en efectos sensoriales y en precio.
No es, por tanto, en mi opinión, un cambio
en el ADN de la comunicación lo que la tecnología digital nos ha proporcionado,
sino más bien nuevas características que modifican la percepción de su valor.
Pienso que algunas de ellas podemos identificarlas con las siguientes.
Complejidad
Nunca
comunicarse con nuestros semejantes fue tan sencillo y, la vez, tan difícil.
Pongámonos en la piel de quien durante toda su vida ha apoyado su “red social”
en el banco de un parque, o en la barra de un bar, o en el asiento de un
trasporte público, o en el sofá compartido del salón de su casa. E imaginemos
(los nativos digitales necesitarán hacerlo) que su lenguaje residía en la voz,
en la mirada, en el tacto y en ese conjunto de datos y emociones que nuestro
cuerpo, consciente o inconscientemente, es capaz de transmitir y el
interlocutor capaz de interpretar, eso así, con el requisito imprescindible de
ser testigo directo de ello. Estas personas, que ahora pueblan las aulas de
“informática para mayores”, no precisaban especiales conocimientos para
comunicarse. Diríamos que lo necesario –antes como ahora-- lo traían ya de
fábrica por el mero hecho de ser seres sociales, inteligentes y con una caja de
herramientas de carne y hueso suficiente para interactuar con sus semejantes.
Ahora, lo sencillo se ha vuelto complejo, en ocasiones para añadir
riqueza al proceso y al contenido de la comunicación, pero en otras, me temo,
que sólo como un ropaje barroco e incluso excluyente y, por tanto,
prescindible.
El caso es que
hoy hay que conocer los mecanismos de la nueva forma de comunicarse y tener las
habilidades necesarias para usarlos y, mejor aún, dominarlos. Parece que nos va
en ello el valor del mensaje que queremos transmitir, como si uno tuviera menos
cosas que decir por el simple hecho de no tener un perfil en Instagram o
negarse a aceptar “amigos” desconocidos en LinkedIn.
Junto a ello,
la complejidad de nuestra forma de comunicarnos nos obliga a conocer nuevos
lenguajes o, mejor, a retrotraernos a los que nuestros antepasados utilizaban. Un Emoji no es más que la versión pixelada
del bisonte de las cuevas de Altamira. La imagen ha resucitado dando lugar
a “diccionarios” particulares en los que podemos encontrar un símbolo para cada
necesidad o un significado para cada imagen. La retórica como conjunto de
reglas del arte de comunicarnos para persuadir o conmover parece hoy
desaprovechada si solo contiene texto plano. El profesor necesita un power
point, el político una pantalla, las portadas de los medios impresos se la
juegan con la fotografía elegida. Hoy se
impone el lenguaje “ilustrado” y triunfa la versión comic de la historia, la
literatura etc.
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https://goo.gl/JcRTuD |
No obstante,
la complejidad a la que me refiero no se limita a los procesos y los útiles de
la comunicación de nuestra época, también a sus consecuencias. Por abundar en
ello, creo que es este aspecto en el que mostramos más carencias y necesita más
atención.
La reputación
on line se ha convertido en un rasgo añadido de nuestra identidad. Véase el
“valor” que adquieren los influencers o, en sentido contrario, los problemas
que causan los bulos, trolls o especies equivalentes que pueblan la red. Hoy,
la comunicación como proceso y la información como contenido, gracias al poder
de internet, son más libres que nunca, pero también más peligrosas porque
provocan resultados que nos afectan, en extensión e intensidad, con una
gravedad desconocida. La mentira, el
chisme o la anécdota adquieren rango de categoría cuando se ponen en manos del algoritmo de
Twitter.
Así pues, la
comunicación del siglo XXI, digital por necesidad, tiene en su fácil
accesibilidad y aparente comodidad complicaciones que están ahí por mucho que
las ignoremos o desconozcamos. Si para trasladarnos de un lugar a otro, además
de saber andar, estamos ya casi “obligados” a saber conducir un vehículo, para
comunicarnos no basta con tener voz sino que es precisa una conexión a internet.
Pero, como en la conducción, estar conectados exige conocer riesgos, controlar
las herramientas y asumir que, si bien lo importante es llegar, en nuestro
caso, el fin no diluye la complejidad del camino.
Velocidad
La inmediatez es
otro de los rasgos distintivos de nuestra forma de comunicarnos. Inmediatez que
con frecuencia va unida a la irreversibilidad, como demuestra el hecho de que
es reciente la posibilidad incorporada a ciertos servicios de email y
mensajería de anular durante unos segundos un envío ya efectuado. Hasta hace
poco no se admitía el “arrepentimiento on line”.
La
comunicación es instantánea y la respuesta inmediata. La interactividad o
interactuación es una de las propiedades que más hemos interiorizado como
usuarios. La comunicación digital parece imponer la urgencia de la respuesta;
es más, parece exigir una respuesta, sobre todo si nuestra mesa camilla digital
preferida son las redes sociales. De hecho, se da un fenómeno a mi entender
curioso como es que hay quienes están sólo para responder. No les interesa
iniciar una conversación pero sí intervenir dejando su huella, sin otra
pretensión que la de hacer constar su presencia y, si acaso, lograr que los
demás se hagan eco de ella. Son como los que se cuelan en la boda sin
invitación y, además, salen en
la foto.
Esta forma de
comunicación sincopada permite eliminar las esperas y suministra la fluidez
idónea para la conversación, pero nos pide prescindir de las pausas que
necesita la reflexión. Las redes
sociales se han concebido para estimular el contacto fugaz, inmediato y
repetido como los escaparates para provocar la compra por impulso. Incluso
la sentencia que esconde un like o un retuit parece ser más inapelable cuanto
más rápida. La velocidad de comunicación que nos permite la tecnología digital
nos enfrenta al riesgo de una comunicación superficial, incompleta e incluso
visceral. Se trata más de decir cuanto
antes lo que se piensa, que de pensar antes cuanto se dice.
Versatilidad
Los que nos dedicamos
a estos temas hemos debido incorporar a nuestra cartera y de forma destacada el
concepto Comunicación 360º. En realidad, la expresión es equívoca porque no se
trata tanto ni solo de comunicación como de estrategia. En este sentido la Comunicación
360º es un modelo que se apoya en la permeabilidad y la flexibilidad; es pues
una comunicación dinámica, basada en el diálogo constante, y líquida, es decir,
adaptable. Situada en el territorio estricto de la transmisión de mensajes con
un objetivo comercial, esta visión de la comunicación se ajusta a ciertos
criterios que son, por un lado, la confluencia de canales diversos para
alcanzar a nuestro público objetivo y, por otro, la escala de metas progresivas
a alcanzar: informar, persuadir, posicionar, compartir y construir comunidad.
Este modelo de
comunicación –entre otros que podría haber elegido— viene a servirme como ejemplo
de un valor añadido ahora a la comunicación o que, quizá dicho de forma más
precisa, habiendo estado siempre presente, parece adquirir hoy más relevancia. Tal es que ya
no se concibe solo para transmitir y recibir información, sino más bien para
crear una conexión, tarea en la que, curiosamente, algo tan frio como la
tecnología reducida a bits, algoritmos y enlaces inalámbricos, se demuestra
imbatible si de establecer lazos emocionales se trata. La misión es crear o/y
pertenecer a una comunidad on line, a un grupo, a una red, a una agenda de
contactos, a los que no sería correcto calificar de “virtuales” (porque existen
de hecho), pero a los que sí se aplica una especie de “realidad aumentada”: es
la socialización al estilo Pokémon.
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https://goo.gl/Ue4fRF |
Basta conocer
el significado del adjetivo versátil para entender que la comunicación de
nuestro tiempo o es, en efecto, “capaz de
adaptarse con facilidad y rapidez a diversas funciones” (RAE), o deja de ser viable en un entorno como
el digital en el que todo está concebido para que fluya en aparente libertad y
con abundantes (y especializados) recursos que afectan al lenguaje y la imagen,
pero también a los medios y vías de contacto, al alcance, al destino, al
objetivo…
Así pues,
complejidad, velocidad, versatilidad son, entre otras, características de la
comunicación de ahora, de ésa que ya no precisa tener entre los dedos otra cosa
que no sea un teclado o una pantalla ni en la garganta otra voz que no sea la
que va de un micrófono a un altavoz. No sé si con esto el Homo Sapiens es ahora
más sapiens, pero desde luego sí se ha vuelto más dicharachero.
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