EL MENÚ DIGITAL Y SUS INGREDIENTES
“Así como a partir del
desarrollo de las máquinas de vapor se superaron los límites de la capacidad
física humana o animal, el desarrollo de la computación hace posible superar
las fronteras de la capacidad intelectual de las personas.”
No busco, sin embargo,
bucear en simas tan profundas. Prefiero quedarme en datos más “visibles”, como,
por ejemplo, que consultamos el teléfono móvil una media de 170 veces cada día…,
lo que me permite concluir que artilugios
de reciente creación se han imbricado en nuestra vida de forma tal que la
condicionan como quizá nunca imaginamos, Esto es la revolución digital, con
sus claroscuros, pero sobre la que me permitiré lanzar algún confeti que le dé
un cierto tono positivo, aunque sea más a nivel de aspiración que de realidad.
El algoritmo como tesis
Google, ahora
Alphabet, es más un laboratorio que una fábrica. La parte visible son las
aplicaciones y los servicios tangibles que producen sin cesar, pero el corazón
de semejante “monstruo” late al ritmo de la reflexión y la generación de ideas.
El pensamiento precede a la acción, a modo de nueva filosofía que ahora se hace
operativa casi de forma inmediata. De hecho, me atrevo a imaginar que si Rousseau, Kant, Nietzsche o Sartre
estuvieran aún entre nosotros se dedicarían a desarrollar algoritmos capaces
de impulsar nuevos sistemas de organización social y relación personal, tal y
como en realidad proponían con sus tesis filosóficas. Ya hay evidencias de esta
suplantación: basta observar cómo la política de D. Trump parece depender más del
algoritmo de Twitter que de las doctrinas de Maquiavelo o Thomas Hobbes.
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Así, “Inside Google”, la Organización nos
sugiere una serie de características que, a su modo de ver, identifican nuestro presente. Son: la globalización; el valor de la información sobre la reflexión; desconocidos
niveles de posibilidades participativas
del individuo que ha de asumir, sin embargo, el contraste con una mayor dictadura en la gestión (el control del
algoritmo); la intromisión en la
privacidad y los conflictos derivados de ello; y la fragilidad de este desarrollo digital por su dependencia de la
tecnología, la energía, la programación, la ciberdelincuencia…
No es un mal boceto
porque responde a una visión panorámica bastante completa, aunque, como es
natural, podríamos añadirle muchas anotaciones al margen.
La tecnología digital… ¿apta para el consumo?
Lo cierto es que tanto
si partimos de los rasgos ideológicos o filosóficos de la tecnología digital
como de su repercusión real en nuestra vida, nos encontramos con la necesidad
de definir los requisitos necesarios para que todo ello suponga mayores niveles
de bienestar personal y social, que es lo que a la postre exigimos a cualquier
avance humano. En otras palabras, cabe preguntarnos: ¿qué ingredientes deben incluir tanto los dispositivos digitales como
los algoritmos y programas que los hacen funcionar para que podamos asumirlos
como “convenientes para el consumo humano”? Quizá la pregunta es demasiado
ambiciosa, como pretencioso por mi parte el intento de dar una respuesta. Por
eso propongo sobre todo una reflexión, de cuyo resultado estaría bien que
obtuviéramos un cierto criterio para un uso adecuado de la tecnología. Desde
aquí animo a ello. Y como no quiero quedarme en lo fácil, ahí van mis modestas
conclusiones.
Partamos del rasgo
identitario de la tecnología digital para poder entender, antes de nada, de qué
estamos hablando. En este sentido, la primera condición es: la conectividad.
Los españoles hemos
aceptado que nuestro gusto por las relaciones sociales tiene un compañero ideal
en los smartphones, tablets y equivalentes. El dato es que mientras la media
internacional de adquisición de dispositivos con acceso a la red es de 94%
y 73% si nos referimos a teléfonos móviles y tabletas respectivamente, en
España dicho porcentaje es de 97,4% y 77,1%; y vamos por encima también en Smart
TVs y otros aparatos. La conexión sin límites de espacio y tiempo es lo que
marca la diferencia entre la tecnología de ayer y la de hoy. Las palabras
mágicas que ya forman parte de nuestro vocabulario son: wifi, bluetooth, 4G,
contactless…
Poder entrar en
contacto deriva, como segundo rasgo, en la
creación de comunidad. Cierto que el concepto comunidad o grupo no es ahora
tampoco el mismo que solía, tal y como afirman sicólogos y sociólogos. La
digitalización de nuestras relaciones nos ha cambiado el formato y también los efectos.
Ya no hace falta el contacto físico, cara a cara, porque las palabras son un
toque en la pantalla, los gestos y emociones vienen ya prefabricados en forma
de emoticonos y los resultados se cuentan en grupos o comunidades virtuales
cuyo nivel de afección se mide en likes o retuits.
Así pues, para empezar,
nos conectamos con la aspiración casi siempre de poder pertenecer a una comunidad en la que los vínculos se
asientan sobre intereses o afectos de lo más diversos, en la que no suelen
existir compromisos ni de permanencia ni de colaboración y donde se establecen
jerarquías en función sobre todo del reconocimiento subjetivo y difundido que tus
aportaciones merezcan en los demás.
El tercer elemento que
creo sobresale en la valoración de lo digital es la utilidad. Descubrimos hace no tanto tiempo lo práctico que
resultaba llevar el teléfono encima a todas partes, o lo cómodo que era que una
voz nos fuera “cantando” el recorrido a seguir mientras conducimos sin
necesidad de detenernos a desplegar un mapa de papel. Lo digital, aplicado a
dispositivos o aplicaciones, debe contar con algún provecho presente o futuro.
Es lo que sostiene su perdurabilidad o, por el contrario, lo que lo relega en
poco tiempo al apartado de rarezas, con vocación vintage. Eso sí, la interpretación que cada uno haga del concepto
utilidad es otra historia que depende de multitud de factores. El correo
electrónico que me permitirá enviar cómodamente estas líneas es el mismo que me
puede inundar de spam y contagiar de virus el ordenador porque también es útil
para eso. Todo tiene un riesgo y un precio, y, por cierto, la digitalización de
nuestras vidas empieza a tenerlos de forma cada vez más evidente.
Por último, pienso que
hay un rasgo que debemos exigir a las nuevas tecnologías, si bien es cierto que
no solo depende de sus procesadores y algoritmos sino también de nuestro nivel
de responsabilidad. Podemos llamarlo compatibilidad
on-off. Es la característica que ha de permitirnos aplicar en nuestra vida
una adecuada convivencia entre lo digital y lo que aún no está sujeto a un
chip.
Busquemos un símil en
lo ocurrido con el automóvil. Hay ciudades en las que la dependencia de los
vehículos a motor alcanza niveles extremos y otras en las que, para muchas de
nuestras necesidades de desplazamiento, caminar sigue siendo una opción. Al
entorno digital creo que debemos exigirle --y exigirnos-- lo mismo: que no
condicione en exclusiva facetas de nuestra vida hasta niveles de dependencia
sin escapatoria. Deberíamos poder pasar a modo
off sin temor a la pérdida, por ejemplo, de amigos, o de diversión, o de capacidad
de gestión de las distintas facetas de nuestra vida diaria. Claro que uno de
los componentes de la utilidad inicial es precisamente la comodidad, y ésta
crea hábitos de uso a los que no es fácil renunciar. Yo, como tantos, apenas
piso ya una oficina bancaria, pero podría todavía hacerlo. Es lo que llamo
compatibilidad on-off.
En nuestras manos
seguimos teniendo nuestra gran herramienta, el algoritmo exclusivo del ser humano (mientras Elon Musk lo permita)
que es la libertad de elección y
actuación. Pero, cuidado, porque la libertad también puede ser programada. Aquí
va un curioso ejemplo: RunPee.
http://www.computerbild.de/ |
Estamos en el cine,
ante una película que nos tiene absortos… Pero pueden surgir urgencias físicas
siempre inoportunas porque nuestra vejiga tiene muy poca cultura
cinematográfica. ¿Cuándo levantarse para el necesario alivio? ¿Y si me pierdo
la escena fundamental…? RunPee
es una app que, con una discreta vibración, nos avisa del mejor momento para
acudir al baño porque “sabe” que la secuencia que sigue es prescindible. Lo
sabe porque hay muchos usuarios alimentando una base de datos de las películas
de estreno e indicando las pausas más adecuadas. Y para redondear el favor que
nos hace, al regresar aún podemos ver en la pantalla del móvil una pequeña
sinopsis de lo que nos hemos perdido. Y, además, es gratis.
Ahí está: conexión,
comunidad, utilidad y compatibilidad siempre con nuestra libre decisión de
aguantar la micción, a pesar de todo, hasta el The End, sobre el que, por
cierto, RunPee también nos alerta de si, tras los créditos, hay alguna última
escena sorpresa.
Al margen de estas rarezas, es con tales condiciones, entre otras, como la tecnología
digital nos puede venir de cine. Digo yo.
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