viernes, 1 de febrero de 2019

EL MERCADO DE “VALORES” CAE, MIENTRAS LA “BOLSA” DE HABILIDADES SUBE.


Cuando Lisa Brennan-Jobs vino al mundo en un rancho de Oregón, su padre, de apena 23 años, negó que aquella fuera su hija. De hecho, continuó negándolo durante los 7 años siguientes, incluso asegurando que era estéril ante el juez que determinó su paternidad (con el paso del tiempo, por cierto, su “esterilidad” trajo al mundo tres hijos); la sentencia le imponía, conforme a sus posibilidades económicas, una pensión mensual de 500 $. Sus abogados urgieron a la madre a aceptar para dar por finiquitado cuanto antes el asunto, como así hizo, obligada por la necesidad. Dos días después, “casualmente”, la fortuna del padre cambió radicalmente pasando a ser de más de 200 millones de dólares cuando su empresa salió a Bolsa. El padre se llamaba Steve Jobs.



El fundador de Apple se toma con frecuencia como referencia de la inteligencia y habilidades que todo empresario, ejecutivo o simple currante con aspiraciones, debe tener. Su “caso” es EL caso por antonomasia en cualquier Escuela de Negocios que se precie. Y, además, es transversal, es decir, sirve para entender conceptos como estrategia, emprendimiento, liderazgo y gestión de equipos, marketing, posicionamiento de marca… etc. Quizá, eso sí, si en el programa se contempla e imparte algo relacionado con la ética empresarial, el caso Jobs-Apple empieza a necesitar mucha imaginación para que los alumnos lo tomen como modelo a imitar.



Lo que la hija de Steve Jobs, Lisa, cuenta en su libro “Small Fry” (algo así como Mocosa o Niña insignificante), nos perfila algunos de los rasgos morales de éste que, no obstante, fue un enorme hombre de empresa y un visionario al que, como tal, convendría imitar en muchos aspectos. Otra cosa, al parecer, era su talante personal y los valores por los que, en ocasiones, se movió tanto como padre como en el manejo de los recursos “humanos” de las empresas que fundó.



Talento



Klaus Schwab, Fundador y Presidente Ejecutivo del Foro Económico Mundial que se reúne todos los años en Davos, ya hace tiempo que viene insistiendo en la importancia del talento como valor a descubrir y retener en la empresa, más aún si, como se puso de manifiesto en la última reunión del Foro, estamos en un mundo fracturado que necesita reordenarse. “El recurso más valioso será el talento, no el capital tradicional --afirma K. Schwab— para gestionar factores como la integración, la conexión, la automatización, la economía colaborativa y otros, propios de la 4ª Revolución Industrial”.



Pero no es fácil concretar a qué nos referimos cuando hablamos de “talento”. José Antonio Marina lo define con acierto como el acto de invertir bien la inteligencia. Cabe entonces preguntarse qué es la inteligencia, a lo que la RAE responde como la capacidad de resolver problemas… mediante la movilización –añadiríamos—de recursos personales como los conocimientos y habilidades de cada cual.
Así pues, demuestra talento quien actúa con inteligencia, y es inteligente quien adopta una posición activa para la resolución de los dilemas, conflictos o dificultades que se le presenten
En resumen, hablamos de la inteligencia con una perspectiva instrumental. Es inteligente quien sabe y, además, actúa. Es por eso que la inteligencia es la cualidad codiciada por las organizaciones para sus profesionales, con toda razón por cierto.
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Sin embargo, expresiones como “captar y retener talento”, tan usadas en las estrategias empresariales, parecen reducir el talento a la inteligencia, como si fueran sinónimos, cuando la verdad es que para hablar del talento hay que añadir a las capacidades y conocimientos que conforman la inteligencia, la virtud del buen uso que se haga de los mismos.



¿Qué es, entonces, lo que falta? En mi opinión, falta dar sentido a la inteligencia, dotarla de un porqué y un para qué. Y justo lo que enlaza saberes, aptitudes, competencias y habilidades con el talento son los valores. Eso que, al parecer, no siempre exhibió nuestro admirado, por otras razones, Steve Jobs.



Ahora bien, ¿puede enseñarse el talento al igual que se enseña la ciencia, las competencias y el resto de ingredientes que conforman la inteligencia?



La formación como negocio y los conocimientos como producto



No hay duda de que el mercado educativo cumple con todos los requisitos para llamarse así, mercado. En su caso, la demanda es variable (porque la natalidad es voluble en tiempo y espacio); a dicha demanda procura adaptarse una oferta tanto pública como privada; hay establecidas “categorías” formativas; se aplican estrategias para captar al alumno a edad cada vez más temprana con el fin de mantenerlo y fidelizarlo durante más tiempo (típico procedimiento de las tabaqueras, por ejemplo); existen promociones por tipo de cliente o volumen de compra; y, en fin, los principios y materias de la formación incluso se adaptan a los tiempos y requerimientos del mercado parental (el cliente-alumno opina poco puesto que, sobre todo a edades tempranas, está sometido a sus prescriptores naturales) con innovaciones artísticas, deportivas, tecnológicas, ecológicas, lingüísticas, ideológicas, etc.



Todo obedece a un esquema perfectamente equiparable al de cualquier otro proceso productivo en el que se utiliza una materia prima, un know how concreto y se procura un resultado también concebido en términos de “rentabilidad”. Y es así, con ligeras variantes, en cualquier etapa y área formativa, de forma más evidente cuanto más “actualizados” y modernos sean los programas y técnicas docentes o agresiva sea la publicidad del Centro. Fijémonos, por ejemplo, en la frecuencia con que se usa como reclamo y argumento el porcentaje de inserción laboral de los alumnos que terminan tal o cual carrera en una institución educativa concreta. No veremos, por el contrario, muchos anuncios en los que se destaque el porcentaje de alumnos que salen preparados para construirse su propia vida, para ser buenas personas, para cimentar su carrera profesional sobre el respeto y el esfuerzo, para asumir los fracasos, para entender el trabajo como un bien más que como un fin. Al “mercado” formativo, hoy, no son estos los mensajes que les funcionan ni parecen preocuparles.



Quizá lo parece, pero no es ésta una visión exagerada y alejada de la realidad, aunque sí aceptaré un cierto simplificación por generalizar. 
Como docente, pero también como simple ciudadano que observa, educar hoy se me antoja un servicio cada vez menos artesanal y más automatizado, en el que se busca satisfacer la demanda laboral.
El objetivo es dotar a nuestros alumnos de instrumentos que faciliten su inserción profesional futura y de conseguir, por tanto, la mayor y mejor “rentabilidad” a la formación adquirida. Colegios, universidades, escuelas de negocios, centros de FP… son proveedores de terceros que necesitan un “producto” con determinadas características. Educamos bajo pedido. El mercado laboral orienta los programas formativos haciendo hincapié en la adquisición de las destrezas y habilidades que puedan luego ser adquiridas casi como un traje a medida. Las soft, hard, building… skills son esenciales si se quiere estar en sintonía con la demanda del mercado.



http://www.ucsf.edu.ar/
Las empresas buscan profesionales que tengan un bagaje suficiente de conocimientos y sean hábiles en la búsqueda de aquéllos que no poseen; que tengan determinadas virtudes personales pero, sobre todo, que resulten idóneos para trabajar en equipo; que se impliquen y comprometan con la organización, pero sin olvidar la eventualidad permanente de su participación en la misma; que no se salgan del engranaje productivo dirigido aunque tengan siempre a mano un buzón de sugerencias… Y en el centro de todo ello la evaluación continua de su participación en la obtención de resultados. Más o menos, el perfil de las filosofías formativas más en sintonía con los tiempos que corren.



El camino de vuelta



No obstante lo dicho, quizá en trazo algo grueso y desde luego gris, se empieza a vislumbrar una esperanzadora recuperación de esa otra sabiduría que, en el fondo, ha sido la que nos ha traído en volandas al desarrollo actual. La prueba es que la CEO de You Tube, Susan Wojcicki, es historiadora; la directora de operaciones de Facebook, Sheryl Sandberg, es economista; los cofundadores de Paypal, Flickr y Linkedin estudiaron filosofía…, y antropólogos y sicólogos están en la nómina de Nissan o Tinder. Es decir, parece que no todo ni siempre se debe reducir a habilidades y conocimientos sino que resulta imprescindible formar en dar sentido a los mismos, en otras palabras, formar en valores.



Vaya por delante que esta suerte de “habilidades virtuosas” que, a diferencia de las otras, van más allá de un algoritmo y del teclado  que lo activa, no deben identificarse, como a veces se hace, ni con religiones ni con ideologías, ni tan siquiera con corrientes culturales, aunque todas ellas contemplen de una u otra forma los valores espirituales (del espíritu) como esenciales.



¿Por qué es tan necesaria para nuestros niños y jóvenes la formación en valores, aunque ello suponga sacrificar algunos conocimientos y habilidades más fruto de criterios mercantiles y modas pedagógicas que de la necesidad de promocionar su talento? Se me ocurren varias razones.



1ª/ Porque en habilidades y conocimientos, las máquinas ya nos llevan la delantera en muchos casos, si por tales entendemos detectar, acumular y gestionar información y saber hacer. La tecnología digital es, de partida, mucho más capaz que nosotros en almacenamiento y en cálculo, lo que la hace más rentable en procesos repetitivos y de precisión. Además, la inteligencia artificial incorpora el aprendizaje, con lo que el razonamiento deductivo y las decisiones operativas, por ejemplo, ya no son rasgos exclusivos nuestros. En consecuencia, no está de más poner énfasis en moldear a los seres humanos en aquellas virtudes y capacidades útiles para programar a la máquina pero también para llegar donde ésta no llega, allí donde hacen falta emoción, intuición, voluntad, empatía…



2º/ Porque es fundamental que los recursos de los que se dota a los alumnos tengan un porqué y un para qué. Hay que darles sentido a habilidades como el trabajo en equipo, la capacidad de liderazgo, la comunicación…, y a conocimientos como la economía, la programación o los idiomas. Todos ellos tienen una causa que los hacen imprescindibles para crecer en el aspecto humano y profesional, y tienen también un objetivo. El por qué y el para qué de lo que el alumno aprende debería ser el aprendizaje más importante de su etapa formativa.



https://franciscomartintorres.wordpress.com/
3º/ Porque las habilidades y conocimientos van a cambiar cada vez con mayor rapidez. Las técnicas que hoy se enseñan y la información y datos que ahora sustentan buena parte de las materias que se imparten, estarán obsoletos en poco tiempo. Solo se mantendrán aquellas que no se apoyan en la inmediatez ni en el cambio: la historia, la filosofía, la ética…, es decir, las materias cuyos contenidos no se sustituyen sino que se incrementan y enriquecen.



4º/ Porque, en fin, si a los que peinamos ya alguna cana –o ni tan siquiera eso—nos preguntan qué enseñanzas consideramos más importantes para la vida, dudo que respondiéramos la extracción de datos, la negociación, la gestión de proyectos estratégicos, la capacidad de previsión o el Lean manufacturing (Habilidades profesionales más valoradas. Forbes. 2018) ¿Adivinan, por el contrario, ¿qué destacaríamos?



Lo que Aristóteles llamaba eudaimonia o búsqueda de la felicidad está ligaba a la virtud y la sabiduría, que muy bien podríamos identificar con el talento y la inteligencia, materia prima de toda formación que merezca la pena. Quizá el error es considerar la enseñanza como un negocio, los conocimientos como un producto, y al alumno como un cliente…, al que, por cierto, ¿también hay que darle siempre la razón? De seguir así, terminaremos aceptando devoluciones de las notas que les queden pequeñas.

domingo, 9 de diciembre de 2018

A LA COMUNICACIÓN LE HA CAMBIADO SU FORMA DE SER.

Sabemos que el 53% de la población mundial (4.021 millones de personas) son usuarios de internet. Que, en países como Mali, el incremento de internautas es del 460% en el último año. Que el 42% de los humanos participan en las redes sociales y que en lugares remotos como la República de Kiribati la afición comunicarse por esta vía ha crecido un 191%. Sabemos que Facebook supera los dos mil millones de usuarios y WhatsApp domina la mensajería online en 128 países. Y sabemos que el consumo de datos vía smartphones ha crecido más en África y noreste asiático que en el resto de latitudes. 

Son datos de We Are Social en el informe correspondiente al último año. Las estadísticas pueden analizarse desde diversas perspectivas, pero éstas creo que piden un ángulo de visión concreto. 

La inclusión de internet y sus distintas aplicaciones y usos en nuestras vidas –algo que ya no distingue países, ni regímenes políticos, ni corrientes económicas—demuestra que la comunicación está ahora más omnipresente que nunca. No es tanto que sea más necesaria ni trascendental, sino que ha impregnado más rincones de nuestro día a día. Nuestros predecesores, hace miles de años, precisaban y usaban también sus propias fórmulas para intercambiar entre sí datos y otro tipo de información y no era ésta menos importante que la actual; al revés, seguramente, en ocasiones, transmitir al vecino de la cueva de al lado la localización de una manada de jabalíes podía significar la diferencia entre vivir y morir o, al menos, entre pasar o no pasar hambre durante una temporada. Para entenderlo mejor, comparemos el valor y consecuencias de esta información con los de la mayoría de los mensajes que hoy intercambiamos entre Emoji y Emoji. 
https://goo.gl/zL1VKA

No podemos, por tanto, arrogarnos el mérito de haber elevado la comunicación a una categoría superior, pero sí de haberla transformado en fondo y forma, como nuestros antepasados nunca seguramente pudieron imaginar. Si se me permite un símil de cuchara, es algo así como pasar de la chuleta de jabalí a la hoguera de nuestro de pariente lejano al “semicuajo de campero con secreto de cebolla y patata poché” (tortilla de patata de toda la vida) o al “Niguiri cabezón de socorran y cocotxa a la brasa con bergamota” (plato real del Menú de un restaurante 3 estrellas Michelín). Como en la comunicación, antes y ahora, el objetivo último de cualquiera de estos platos es el mismo y su recorrido gástrico idéntico, aunque difieran en efectos sensoriales y en precio. 

No es, por tanto, en mi opinión, un cambio en el ADN de la comunicación lo que la tecnología digital nos ha proporcionado, sino más bien nuevas características que modifican la percepción de su valor. Pienso que algunas de ellas podemos identificarlas con las siguientes. 

Complejidad

Nunca comunicarse con nuestros semejantes fue tan sencillo y, la vez, tan difícil. Pongámonos en la piel de quien durante toda su vida ha apoyado su “red social” en el banco de un parque, o en la barra de un bar, o en el asiento de un trasporte público, o en el sofá compartido del salón de su casa. E imaginemos (los nativos digitales necesitarán hacerlo) que su lenguaje residía en la voz, en la mirada, en el tacto y en ese conjunto de datos y emociones que nuestro cuerpo, consciente o inconscientemente, es capaz de transmitir y el interlocutor capaz de interpretar, eso así, con el requisito imprescindible de ser testigo directo de ello. Estas personas, que ahora pueblan las aulas de “informática para mayores”, no precisaban especiales conocimientos para comunicarse. Diríamos que lo necesario –antes como ahora-- lo traían ya de fábrica por el mero hecho de ser seres sociales, inteligentes y con una caja de herramientas de carne y hueso suficiente para interactuar con sus semejantes.

Ahora, lo sencillo se ha vuelto complejo, en ocasiones para añadir riqueza al proceso y al contenido de la comunicación, pero en otras, me temo, que sólo como un ropaje barroco e incluso excluyente y, por tanto, prescindible.

El caso es que hoy hay que conocer los mecanismos de la nueva forma de comunicarse y tener las habilidades necesarias para usarlos y, mejor aún, dominarlos. Parece que nos va en ello el valor del mensaje que queremos transmitir, como si uno tuviera menos cosas que decir por el simple hecho de no tener un perfil en Instagram o negarse a aceptar “amigos” desconocidos en LinkedIn. 

Junto a ello, la complejidad de nuestra forma de comunicarnos nos obliga a conocer nuevos lenguajes o, mejor, a retrotraernos a los que nuestros antepasados utilizaban. Un Emoji no es más que la versión pixelada del bisonte de las cuevas de Altamira. La imagen ha resucitado dando lugar a “diccionarios” particulares en los que podemos encontrar un símbolo para cada necesidad o un significado para cada imagen. La retórica como conjunto de reglas del arte de comunicarnos para persuadir o conmover parece hoy desaprovechada si solo contiene texto plano. El profesor necesita un power point, el político una pantalla, las portadas de los medios impresos se la juegan con la fotografía elegida. Hoy se impone el lenguaje “ilustrado” y triunfa la versión comic de la historia, la literatura etc. 
https://goo.gl/JcRTuD

No obstante, la complejidad a la que me refiero no se limita a los procesos y los útiles de la comunicación de nuestra época, también a sus consecuencias. Por abundar en ello, creo que es este aspecto en el que mostramos más carencias y necesita más atención. 

La reputación on line se ha convertido en un rasgo añadido de nuestra identidad. Véase el “valor” que adquieren los influencers o, en sentido contrario, los problemas que causan los bulos, trolls o especies equivalentes que pueblan la red. Hoy, la comunicación como proceso y la información como contenido, gracias al poder de internet, son más libres que nunca, pero también más peligrosas porque provocan resultados que nos afectan, en extensión e intensidad, con una gravedad desconocida. La mentira, el chisme o la anécdota adquieren rango de categoría cuando se ponen en manos del algoritmo de Twitter. 

Así pues, la comunicación del siglo XXI, digital por necesidad, tiene en su fácil accesibilidad y aparente comodidad complicaciones que están ahí por mucho que las ignoremos o desconozcamos. Si para trasladarnos de un lugar a otro, además de saber andar, estamos ya casi “obligados” a saber conducir un vehículo, para comunicarnos no basta con tener voz sino que es precisa una conexión a internet. Pero, como en la conducción, estar conectados exige conocer riesgos, controlar las herramientas y asumir que, si bien lo importante es llegar, en nuestro caso, el fin no diluye la complejidad del camino.

Velocidad

La inmediatez es otro de los rasgos distintivos de nuestra forma de comunicarnos. Inmediatez que con frecuencia va unida a la irreversibilidad, como demuestra el hecho de que es reciente la posibilidad incorporada a ciertos servicios de email y mensajería de anular durante unos segundos un envío ya efectuado. Hasta hace poco no se admitía el “arrepentimiento on line”.

La comunicación es instantánea y la respuesta inmediata. La interactividad o interactuación es una de las propiedades que más hemos interiorizado como usuarios. La comunicación digital parece imponer la urgencia de la respuesta; es más, parece exigir una respuesta, sobre todo si nuestra mesa camilla digital preferida son las redes sociales. De hecho, se da un fenómeno a mi entender curioso como es que hay quienes están sólo para responder. No les interesa iniciar una conversación pero sí intervenir dejando su huella, sin otra pretensión que la de hacer constar su presencia y, si acaso, lograr que los demás se hagan eco de ella. Son como los que se cuelan en la boda sin invitación y, además, salen en la foto. 

Esta forma de comunicación sincopada permite eliminar las esperas y suministra la fluidez idónea para la conversación, pero nos pide prescindir de las pausas que necesita la reflexión. Las redes sociales se han concebido para estimular el contacto fugaz, inmediato y repetido como los escaparates para provocar la compra por impulso. Incluso la sentencia que esconde un like o un retuit parece ser más inapelable cuanto más rápida. La velocidad de comunicación que nos permite la tecnología digital nos enfrenta al riesgo de una comunicación superficial, incompleta e incluso visceral. Se trata más de decir cuanto antes lo que se piensa, que de pensar antes cuanto se dice. 

Versatilidad

Los que nos dedicamos a estos temas hemos debido incorporar a nuestra cartera y de forma destacada el concepto Comunicación 360º. En realidad, la expresión es equívoca porque no se trata tanto ni solo de comunicación como de estrategia. En este sentido la Comunicación 360º es un modelo que se apoya en la permeabilidad y la flexibilidad; es pues una comunicación dinámica, basada en el diálogo constante, y líquida, es decir, adaptable. Situada en el territorio estricto de la transmisión de mensajes con un objetivo comercial, esta visión de la comunicación se ajusta a ciertos criterios que son, por un lado, la confluencia de canales diversos para alcanzar a nuestro público objetivo y, por otro, la escala de metas progresivas a alcanzar: informar, persuadir, posicionar, compartir y construir comunidad.

Este modelo de comunicación –entre otros que podría haber elegido— viene a servirme como ejemplo de un valor añadido ahora a la comunicación o que, quizá dicho de forma más precisa, habiendo estado siempre presente, parece adquirir hoy más relevancia. Tal es que ya no se concibe solo para transmitir y recibir información, sino más bien para crear una conexión, tarea en la que, curiosamente, algo tan frio como la tecnología reducida a bits, algoritmos y enlaces inalámbricos, se demuestra imbatible si de establecer lazos emocionales se trata. La misión es crear o/y pertenecer a una comunidad on line, a un grupo, a una red, a una agenda de contactos, a los que no sería correcto calificar de “virtuales” (porque existen de hecho), pero a los que sí se aplica una especie de “realidad aumentada”: es la socialización al estilo Pokémon.
https://goo.gl/Ue4fRF
Basta conocer el significado del adjetivo versátil para entender que la comunicación de nuestro tiempo o es, en efecto, “capaz de adaptarse con facilidad y rapidez a diversas funciones” (RAE), o deja de ser viable en un entorno como el digital en el que todo está concebido para que fluya en aparente libertad y con abundantes (y especializados) recursos que afectan al lenguaje y la imagen, pero también a los medios y vías de contacto, al alcance, al destino, al objetivo…  

Así pues, complejidad, velocidad, versatilidad son, entre otras, características de la comunicación de ahora, de ésa que ya no precisa tener entre los dedos otra cosa que no sea un teclado o una pantalla ni en la garganta otra voz que no sea la que va de un micrófono a un altavoz. No sé si con esto el Homo Sapiens es ahora más sapiens, pero desde luego sí se ha vuelto más dicharachero.

CÓMO HACERSE EMPRENDEDOR EN UN PAR DE TARDES (con bibliografía incluida).

“Es bueno tener maestros y referencias que nos guíen en nuestros proyectos y nos aporten su ejemplo y modelos de actuación.” 

Lo había leído en algún libro de autoayuda para auto-empresarios y era una recomendación ya asumida por nuestro Emprendedor, así con mayúsculas, una vez tuvo clara la idea sobre la que quería construir su StarUp (palabra que, por cierto, siempre le sonó como la onomatopeya sincopada de una metralleta venida a menos). Así que decidió ponerse manos a la obra siguiendo un método deductivo, por supuesto.

¿Quién fue el primer Emprendedor de la historia? –se preguntó--. Es obvio: Dios, que de la nada creó una multinacional que aún sobrevive, no sin dificultades, --se añadió con perspicacia-- y que unos cuantos años después no sólo aumenta personal sino que está ya dando los primeros pasos para exportar su modelo de negocio a otras latitudes, como la Luna, Marte y otros mercados por conquistar. En la Biblia está todo –concluyó--. De modo que, a la vez que leía sus primeras páginas, fue confeccionando un magnífico y colorido diagrama de flujo de sus siguientes pasos, al modo bíblico, aunque adaptado, por supuesto, a los nuevos tiempos, de los que él se sentía protagonista.

https://goo.gl/gFRcbs
Así el lunes lo dedicó a la formación, algo que siempre oyó decir que era básico para no equivocarse en la creación de una empresa. Descubrió que oferta formativa era lo que sobraba. Gratuita, subvencionada, online, presencial, de pago, de organizaciones empresariales y sindicatos, de gurús capaces de motivar y expertos capaces de enseñar; con títulos sugerentes como “Crea tu empresa en tres pasos”; otros más intrigantes, tal que “Hazle una esquela a tu zona de confort”; y aun otros, disruptivos a tope, como “Emprender: deja de ser bonsái y conviértete en sequoia”. En fin, mucho donde elegir. Como sólo tenía un día, por razones “de agenda” desechó los cursos y optó por los cursillos. Le dio tiempo a hacer un par por la mañana, con dinámica de grupo incluida, y otros tantos por la tarde con workshop de café y magdalena que se cobraban aparte. Obtuvo algunos apuntes, convencido de que le serían muy útiles al cabo de una semana, cuando todo estuviese ya “creado”. 


En la Biblia no pone nada al respecto –seguramente porque era otros tiempos, por supuesto antes de la crisis--, pero el resto de la semana, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado decidió dedicarlo a buscar financiación, tarea harto complicada, para la que necesitó añadir alguna camisa al par que ya tenía, y a la se enfrentó con la duda de si debía usar corbata o no, pues aún no tenía claro su uniforme millenial, si formal,  casual o quizá un Street style (“Urgente. Debo mirar mi fondo de armario.” –se guasapeó a sí mismo para recordarlo--). De momento, el dilema lo resolvió de manera inteligente (recordemos que estamos hablando de un Emprendedor, así con mayúsculas). Cuando accedía a las oficinas en las que mantener la entrevista de turno, bastaba un simple escaneo visual a la Recepción y las personas con las que se cruzaba para que se le iluminara el oportuno insight y, si era preciso, tras rogar que le indicaran el lavabo procedía a anudarse la corbata que siempre llevaba bien doblada en el bolsillo. Esta picardía ya avanzaba sus dotes de innovador, que él achacaba a su inteligencia natural (había leído, por cierto, algo de una inteligencia artificial sobre la que aún tenía algunas lagunas, aunque ya tenía decidido, por supuesto, incorporarla a su empresa y así aparecía reflejado en el Canvas de su proyecto). 
El caso es que, tras semejante vorágine de actividad, entre meetings, pitch elevators y power points, entendió por qué Dios dedicó el último día de la semana a descansar. Y él no iba a ser menos. 
El lunes siguiente, a nuestro Emprendedor, así con mayúsculas, le pareció que algo se le había escapado. Volvió a su entonces libro de cabecera, la Biblia, y avanzando en el Génesis –nombre que encajaba, por cierto, como un guante para su empresa non-nata hasta que oyó por la radio un anuncio de una compañía de seguros que se le había adelantado—, llegó a Adán y Eva. El descubrimiento fue revelador. Resulta que Dios había creado todo lo anterior pensando en un “mercado” concreto, en su caso, una pareja ávida de ascender en el escalafón social (aunque estuvieran de momento ellos solos). ¡Está claro! – concluyó—: necesito definir mi buyer persona… 

https://goo.gl/ApNFex
Apenas unos párrafos más adelante, sin embargo, el divino emprendedor le dio otra lección digna de la mejor charla de TED talks. Resulta que en esta historia bíblica del emprendimiento aparece una serpiente dedicada, al mejor estilo Steve Jobs, a lanzar promesas sin duda muy competitivas, nada menos que ser como dioses a cambio de un simple mordisco a una manzana (y ahí entendió, por cierto, con su natural sagacidad, de dónde venía el logotipo de Apple…) O sea –se dijo—, que mis clientes les van a llover tentaciones de uno y otro lado, provenientes de eso que en uno de los cursillos llamaban competencia. Colijo entonces --continuó con sus cavilaciones-- que, si al mismísimo Dios se le coló una manzana para complicarle el negocio, yo quizá debería empezar a preocuparme con más razón. 

En éstas estaba cuando, recapitulando, se dio cuenta de que, como si no tuviera bastante, mientras Dios todopoderoso resolvió el tema en siete días, él no había logrado ni un triste business angel que le acompañara. Item más: si al primer emprendedor, que incluso había creado una pareja de consumidores a su medida, le había salido una competencia feroz capaz de arrebatarle la única demanda solvente entonces existente, no era difícil deducir que él, pobre mortal, lo iba a tener francamente complicado. 

Entre semejantes pensamientos, la creación de la StartUp bíblica dejó de parecerle interesante como modelo a seguir. Me he equivocado en el benchmarking –se sinceró, una vez barajó las KPI’s oportunas--. El traspiés moral no fue pequeño, porque entendía muy injusto semejante bofetada a su ilusión empresarial. Pero él había sido educado en el esfuerzo, a golpe de copy-paste entre Google y Wikipedia. Sabía por ello que lo más importante era seguir buscando hasta hallar la guía adecuada. Tenía que estar en algún sitio, escondida tras una url de su ultrabook 2 en 1 convertible o en alguna estantería de su casa… 

… Y no iba descaminado. Unos días después, tras ver de un tirón, a modo de formación online de mantenimiento, los últimos Pasapalabra que tenía grabados, su espíritu inquieto y aventurero le llevaron a fijarse en el mueble más importante de la casa, la librería. 

La biblioteca de un hogar representa y define el nivel y las inquietudes intelectuales de la familia. Quizá por eso ocupa un lugar preferente en el salón y, lo que es aún más significativo, también por ello suele dejar un hueco destacado en el centro para el televisor. De esta forma, toda la pléyade de personajes televisivos que suelen asomarse a la pantalla, sea desde la casa de Gran Hermano, el Parlamento o La que se avecina, tienen un nexo común y quedan armonizados, apenas a un palmo de estantería, con la Enciclopedia Larousse y las obras completas de Pérez Galdós. Es una visión hermosa, ¡qué duda cabe!, y demostración, sin ir más lejos, de que los miembros de esa familia – la de nuestro Emprendedor, así con mayúsculas—tienen una vasta, audiovisual y ecléctica cultura, que no le hace ascos a nada, aunque la pantalla del televisor 4K esté impoluta mientras la colección del Círculo de Lectores exhibe con resignación un fino manto de polvo conseguido tras muchos años.

Allí, en el epicentro de la sabiduría hogareña, nuestro hombre (sustituir por “mujer”, por cierto, los forofos del lenguaje inclusivo)…; allí, decía, entre un libro de Paulo Coelho y las obras completas de Mafalda, se mostraba orgullosa una edición de El Quijote primorosamente encuadernada y aún con esa suave adherencia entre sus páginas que hacía difícil hojearlas pero demostraba su pureza todavía sin mancillar. El grosor del volumen le asustó, así que repasó por encima el resto de la biblioteca por si había una versión abreviada, como esos “abstracts” que se incluyen en los artículos científicos (el rincón del vago punto com es lo que tiene…). Vano intento, así que empezó a leer, siguiendo la técnica de lectura en diagonal (su dominio provenía de un cursillo anterior) y no le costó clasificar a sus principales protagonistas y desentrañar el fondo de las historias que allí se contaban. 
https://goo.gl/J59nGi


Don Quijote también tenía lo suyo de emprendedor, no con mayúsculas, como él, pero sí al menos por la ilusión y el afán que ponía en todas sus andanzas. Tenía mucho de visionario, como Jeff Bezos o Elon Musk, y no le preocupaba que todos le dijeran que perseguía metas imposibles que solo existían en su imaginación. Eso no es malo –se dijo, convencido--. De hecho es lo que se deduce también de muchas de esas frases tan interesantes que están en todo Manual del Emprendedor y que firman Einstein, John Lennon, Groucho Marx, Valdano, Woody Allen, el Dalai Lama (o, en su defecto, Richard Gere).., en fin, gente con la cabeza bien amueblada. Soñar es bueno, definitivamente –concluyó, satisfecho--. Lo que le decepcionó bastante fue la poca capacidad del Ingenioso Hidalgo para plantear una estrategia seria derivada de su Misión, Visión y Valores, resumidos todos ellos en lograr la conquista de Dulcinea. Ahí fallaba, sin duda porque caía en la tentación de procrastinar (hermosa palabra aprendida en otro cursillo) demasiado y vagar por los campos de La Mancha distraído y sin rumbo.

No obstante, otro personaje le impresionó tanto como Don Quijote. Hasta su nombre tenía gracia: Sancho Panza. Ejercía de escudero, algo así como el “gestor” de las aventuras de su amo Alonso Quijano, que, sin llegar a CEO, sí tenía un cierto poder pues se encargaba de la logística del viaje. 

Nuestro Emprendedor consideró que no era mal consejo contar con alguien que se ocupara del día a día en su futura empresa mientras él se volcaba en tareas de mayor calado. Claro que eso podía trastocar el planteamiento financiero inicial. En efecto, Sancho Panza había acordado con su “jefe” que le acompañaba y organizaba sus asuntos, pero a cambio se le debía otorgar la “gobernanza” (palabra de moda aunque algo fofa) de la Insula Barataria. A la postre, páginas más adelante, resultaba que semejante pago por sus servicios venía a ser un montaje para camuflar su retribución. Excelente precedente de las tarjetas black –añadió, sagaz, de su propia cosecha--. 

El caso es que, de este libro, entre capítulo y capítulo, nuestro Emprendedor –en mayúsculas, siempre—sacó abundantes conclusiones. En él, a diferencia de la Creación bíblica, había una dosis de realismo muy provechosa, aunque también era cierto que no podía desdeñar algunas enseñanzas extraídas del púlpito del Génesis. 

Veamos --se dijo, mientras tomaba su tablet y su lápiz digital--. Antes de que se me olvide, voy a hacerme a mí mismo un pequeño brainstorming  de cosas aprendidas:
  • No. En siete días no se crea una Empresa.
  • Sí. Conseguir financiación resulta muy complicado. Exige tiempo y saber “venderse”.
  • Sí. Definir tu mercado es básico.
  • No. No vas a estar solo. Siempre habrá algún “demonio” que alardee de ser tu competencia. Y no será por aparentar.
  • Sí. La formación es fundamental. Querer no es poder. Hace falta, además, saber.
  • Sí. La ilusión por el proyecto es imprescindible para no transformar el camino en una tortura. No conviene adelantar las decepciones. Además, es muy poco inteligente.
  • No. Las citas lapidarias de los gurús, empresarios-estrella y otros famosos no sirven de mucho. Si acaso, y solo en algunos casos, los ejemplos de su vida y sus logros.
  • Sí. La gestión diaria es lo que hará sobrevivir a la nueva empresa. Abrir la puerta suele significar empezar a gastar, no comenzar a ganar.
  • ¿Ah!.. y no: tener un vocabulario extenso de inglés versión unboxing, no es suficiente para emprender, aunque hay que reconocer que queda bien en los power point y en los Prezi.
… Y así, nuestro Emprendedor (….) terminó su particular Máster con un fragmento de la carta que Sancho Panza escribió a Don Quijote tras convencerse de que lo suyo, por mucho que la erótica del poder sí parecía tener algo de indudable atractivo , no era gobernar. Quizá era, simplemente, vivir.

Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite desta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieran acometerlas. Mejor se me entiende a mi de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. (…) y volvamos a andar por el suelo con pie llano, que si no lo adornaran zapatos picados de cordobán, no le faltarán alpargatas toscas de cuerda; cada oveja con su pareja y nadie tienda más la pierna de cuanto fuere larga la sábana, y déjenme pasar, que se me hace tarde.